El Niño de 1998 y los riesgos económicos para Ecuador en 2026-2027

Santiago Mosquera, decano de la Escuela de Negocios de la UDLA, analiza los riesgos económicos en la producción, el crédito y las finanzas públicas.

El Niño de 1998 y los riesgos económicos para Ecuador en 2026-2027
Santiago Mosquera, decano de la Facultad de la Escuela de Negocios de la Universidad de Las Américas (UDLA). Foto: cortesía UDLA

El Fenómeno de El Niño de 1997-1998 dejó daños estimados en alrededor del 15% del producto interno bruto (PIB) de Ecuador, según estudios de la CAF citados por Santiago Mosquera, decano de la Facultad de la Escuela de Negocios de la Universidad de Las Américas (UDLA).

Casi tres décadas después, ese antecedente vuelve a cobrar relevancia ante los escenarios que podría enfrentar el país en 2026 y 2027.

Las afectaciones de aquel episodio no se limitaron a la destrucción de infraestructura pública. Según Mosquera, entre el 70% y el 80% de los efectos económicos se concentraron en los sectores productivos y agrícolas.

Las consecuencias también alcanzaron al sistema financiero, por los riesgos que enfrentaron empresas y productores, y a las finanzas públicas, debido a la reducción de ingresos y al aumento de los gastos para atender la emergencia y la reconstrucción.

En esta entrevista con Youtopía Ecuador, Mosquera analiza las lecciones económicas de El Niño de 1998, los indicadores que permitirían medir las afectaciones actuales y la capacidad de respuesta del sistema financiero.

También aborda los posibles efectos sobre la inflación, las importaciones de alimentos y combustibles, la liquidez y las cuentas externas del país.

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En 1998, los daños de El Niño representaron aproximadamente el 15% del PIB. ¿Qué tan comparable es ese impacto con el escenario que podría enfrentar Ecuador en 2026-2027?

Santiago Mosquera. Es muy difícil jugar a ser meteorólogo. Cuando analizamos lo ocurrido en Ecuador durante los últimos 100 años, identificamos varios episodios de El Niño de diferente magnitud, pero solamente dos fueron categorizados como extremadamente fuertes: los de 1983 y 1998.

No tengo información del episodio de 1983, pero hay un estudio interesante realizado por la CAF sobre El Niño de 1998. Allí se llega precisamente a la cifra equivalente al 15% del PIB de ese año.

Si se mantiene el deterioro que hemos visto en los últimos días y asumimos un efecto similar al de 1998, podríamos esperar un impacto muy fuerte para la economía ecuatoriana. ¿De qué magnitud? Es difícil decirlo.

Ese 15% del PIB no debe confundirse con una contracción económica del 15% durante el año en que ocurre el fenómeno. Esa sería una forma equivocada de medir sus efectos.

En realidad, el impacto de 1997-1998 incluyó, por una parte, la destrucción de infraestructura pública, como carreteras, viviendas y sistemas de agua y alcantarillado. Sin embargo, la mayor parte de las afectaciones se produjo en los sectores productivos y agrícolas, que concentraron aproximadamente entre el 70% y el 80% del efecto total.

Han pasado 30 años y Ecuador ya no es el mismo de 1997-1998. Las instituciones son diferentes y el esquema monetario también. Recordemos que en esos años la situación era bastante compleja: ya teníamos una situación fiscal muy delicada y una crisis en el sistema financiero.

Por tanto, Ecuador se encuentra en una situación diferente. Podemos hablar de qué tan preparados estamos, pero el episodio de 1997-1998, el registro más severo que hemos tenido en los últimos 100 años, sí tuvo un impacto muy grande en la economía.

"Han pasado 30 años y Ecuador ya no es el mismo de 1997-1998. Las instituciones son diferentes y el esquema monetario también".

En 1998, la Costa concentraba el 63% del crédito de la banca privada. ¿Cómo ha cambiado esa exposición geográfica y sectorial? ¿Qué tan vulnerable es hoy el sistema financiero ecuatoriano ante afectaciones a la agricultura, la acuicultura y el comercio?

En materia de gestión de riesgos, Ecuador también es muy diferente al de hace 30 años. Los bancos y el sector cooperativo manejan los riesgos de otra forma.

Dado el tamaño del sistema financiero de aquella época, concentrado mayoritariamente en bancos y, en menor medida, en sociedades financieras, podemos decir que el sistema bancario actual es muy diferente y cumple mejor los principios de diversificación de riesgos. Eso no cabe la menor duda.

Sin embargo, depende de cada cliente. No se puede generalizar que un área geográfica, un cantón o una parroquia será terriblemente afectado y que eso tendrá un impacto sobre todos los clientes corporativos que operan allí. Dependerá de cómo gestionen sus riesgos tanto los bancos como sus clientes.

Los efectos negativos de El Niño pueden presentarse de diferentes formas. Una empresa ubicada en una zona susceptible a inundaciones podría no sufrir daños en su infraestructura por su ubicación geográfica o por estar a cierta altura. Sin embargo, si las calles y vías de acceso están anegadas, podría tener dificultades para recibir materia prima y trasladar sus productos a los mercados locales o de exportación.

Otras empresas cercanas podrían sufrir daños directos en su infraestructura por la crecida de los ríos, lo que afectaría su capacidad de producción.

También dependerá de la cobertura de seguros de cada empresa. El mercado de seguros ha cambiado mucho en los últimos 30 años y existen líneas de crédito que requieren pólizas de seguros contra riesgos asociados al cambio climático. Por tanto, el grado de cobertura será otro factor relevante.

Es difícil determinar qué personas naturales o jurídicas resultarán afectadas y cómo se verá comprometido el sector productivo en cada zona.

Sin embargo, sabemos, a partir de lo ocurrido en 1997-1998, que todas las provincias de la Costa fueron afectadas en diferente grado: Esmeraldas, Manabí, Guayas, Los Ríos y El Oro. A ellas debemos sumar Cañar y Azuay, que también estuvieron entre las provincias más afectadas.

No sabemos cuánto se repetirá ese escenario, pero vemos con preocupación las lluvias y las inundaciones registradas durante los primeros días de octubre. La acumulación de agua supera en casi 100 veces los récords promedio históricos de precipitaciones en diferentes provincias, según información del Inamhi que está disponible para consulta pública.

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¿Qué capacidad tienen las instituciones financieras para absorber un eventual deterioro de la cartera de crédito?

La capacidad dependerá de cada institución. Lo que se suele recomendar en estas condiciones es mantener un acercamiento y un conocimiento muy cercano de los clientes. Eso permite a las instituciones financieras determinar qué tan susceptibles pueden ser sus clientes y actuar de manera temprana.

El objetivo es evitar que los clientes afectados experimenten un deterioro rápido que comprometa la calidad de la cartera crediticia de las instituciones. Si se establece un contacto temprano con las compañías posiblemente afectadas, se pueden evaluar su historial, su capacidad y el riesgo de crédito que representan.

En función de esa evaluación, se podrían extender líneas de crédito, flexibilizar las condiciones, ampliar los plazos e incluso reducir algo las tasas de interés. Este será un bache que afectará de manera importante al sector corporativo en las áreas susceptibles.

Sin embargo, el sector productivo ecuatoriano, especialmente en la Costa, aunque también a escala nacional, ha mostrado una gran capacidad de recuperación frente a fenómenos naturales. Ha superado problemas derivados de El Niño y del terremoto de Manabí (2016).

La clave está en evitar el deterioro de la cartera, mantener la cercanía con los clientes y apoyarlos durante las dificultades. Esos clientes pueden recuperarse y continuar trabajando con las instituciones que les tendieron la mano en momentos de necesidad.

“La clave está en evitar que se deteriore la cartera, mantener una cercanía con los clientes y apoyarlos en estos momentos de dificultad”.

¿La reprogramación de pagos y el refinanciamiento serían las primeras herramientas para atender las afectaciones?

Sí, creo que ese es el primer paso. Conforme las empresas empiecen a sufrir los efectos de El Niño, de manera directa o indirecta, habrá que evaluar otras alternativas.

Las afectaciones pueden producirse por la destrucción de infraestructura o por el lucro cesante, cuando las empresas no pueden operar en condiciones normales, acceder a los mercados y mantener sus ventas. En las áreas seriamente afectadas podríamos tener caídas importantes de las ventas.

En esos casos, habrá que considerar otros mecanismos de financiamiento para apoyar a las empresas, en función de su capacidad de recuperación.

Esto debe resolverse desde el ámbito privado, pero el sector público también tiene un papel importante. Las autoridades han asegurado líneas de crédito con organismos multilaterales, y la posibilidad de obtener más financiamiento dependerá de las necesidades y de la magnitud de la emergencia.

Ya no estamos solamente en una etapa de prevención: estamos sufriendo los embates del fenómeno. Después vendrán las etapas de remediación y reconstrucción, por lo que el sector público también tiene un papel importante en la gestión de la emergencia.

¿Qué indicadores permitirían detectar si los efectos de El Niño están pasando de afectar a empresas y productores, a convertirse en una amenaza para la economía nacional?

Si analizamos las cifras de El Niño de 1997-1998, las pérdidas importantes se concentraron en el sector productivo, la agricultura y, en menor medida, la industria. También hubo destrucción y deterioro de infraestructura física y vial.

Una de las principales variables que debemos observar son las ventas. Podemos aproximarnos a su evolución mediante la recaudación del Impuesto al Valor Agregado (IVA) por cantones, información que está disponible en el Servicio de Rentas Internas (SRI).

Ese es el primer ejercicio que se debería realizar. Después de un octubre complicado, a mediados de noviembre o durante la primera semana de ese mes tendremos información sobre la recaudación del IVA por cantones. Eso permitirá observar cuánto está cayendo la actividad económica, medida a través de las ventas, en los cantones más afectados.

¿Qué otros indicadores deberían analizarse posteriormente?

En el sistema financiero, deberíamos empezar a analizar la evolución de la cartera vencida del crédito corporativo, del crédito de consumo y del microcrédito en los cantones más afectados. Ese sería el siguiente elemento.

También debemos considerar el encadenamiento con las finanzas públicas, tanto por el lado de los ingresos como por el de los gastos. La caída de la actividad económica tendrá un impacto en la recaudación tributaria, mientras que el sector público deberá aumentar sus gastos para atender la crisis y financiar la reconstrucción.

Dependiendo de la magnitud del fenómeno, estos efectos podrían no limitarse a 2026 y extenderse durante los siguientes dos o tres años, como ocurrió en 1997-1998.

Si se deteriora la cartera de las instituciones financieras, también habrá que observar el nivel de provisiones y la situación patrimonial de cada entidad. El deterioro de la cartera vencida exige castigos que pueden afectar el patrimonio de las instituciones.

Afortunadamente, el sistema financiero agregado mantiene niveles adecuados de capitalización. Además, los buenos resultados de años anteriores han permitido a las instituciones capitalizarse y crecer. Sin embargo, un fenómeno de El Niño extremadamente devastador podría afectar las carteras corporativas de los bancos y, finalmente, también la cartera de consumo de los hogares.

Los bancos tienen una mayor diversificación que hace 30 años, mejores métodos de evaluación de riesgos y una gestión más proactiva. Esperamos que esto no genere un impacto sobre la solidez y la liquidez del sistema financiero. Considero que las instituciones están bien preparadas para esta situación.

El sistema financiero público también debe realizar una evaluación similar. No se trata únicamente de la banca privada: hay que considerar la cartera de las entidades públicas vinculadas al sector productivo, su calidad actual y la respuesta que dará el Estado si El Niño afecta a sus clientes.

“Una de las principales variables que debemos observar son las ventas”.

Si las afectaciones se prolongan durante varios meses y generan pérdidas importantes en el sector productivo, ¿cuál sería el principal riesgo para la economía ecuatoriana?

Lo primero que veremos será un deterioro de la calidad de la cartera. La capacidad de las instituciones para enfrentarlo dependerá de sus niveles de provisiones.

Hay otro tema que no debemos olvidar y que no quiero minimizar: la pérdida de vidas humanas. Prevenir esas pérdidas es otro elemento extremadamente importante.

Además, podría producirse un aumento de la inflación que afecte a toda la economía nacional, no solamente a las provincias golpeadas por El Niño.

Ecuador produce una gran parte de los alimentos que consume e importa otros. Si se pierden cultivos, el país tendrá que importar más productos en un momento en que observamos con preocupación el aumento de la inflación a escala internacional.

Por tanto, dependiendo de la magnitud de los daños en las áreas cultivadas, Ecuador podría verse obligado a importar más alimentos en un contexto de inflación elevada. Ese efecto terminaría trasladándose a los consumidores y tendría alcance nacional.

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El aumento de 3°C superaría los USD 2.000 millones en daños; solo se ha presupuestado el 1%. Cada dólar en prevención puede rendir hasta 10 veces.

¿En qué medida el suministro de energía, la importación de diésel y otros combustibles podrían complicar este escenario durante el último trimestre de 2026 e inicios del próximo año?

Puede tener un impacto importante. Afortunadamente, hemos visto un aumento de las lluvias y una producción de Coca Codo Sinclair en niveles elevados. También esperamos lluvias en Paute.

En un escenario de mercados internacionales en el que el precio del diésel supera los USD 120 por barril, tener que importar diésel y fueloil para alimentar las centrales termoeléctricas tendrá un impacto muy fuerte sobre las finanzas públicas.

Recordemos que no todo ese costo puede trasladarse a los consumidores finales. Habrá un aumento del costo de generación de energía que se reflejará tanto en las cuentas fiscales como en las cuentas externas.

El deterioro de la balanza comercial de Ecuador es evidente cuando lo comparamos con el año pasado. Entonces registrábamos superávits comerciales superiores a USD 6.000 millones; ahora estamos alrededor de USD 4.400 millones.

“El sector público se puede ver forzado a aumentar sus gastos, tanto de manejo de la crisis como de reconstrucción”.

Hacia adelante, si tenemos que importar más materias primas y alimentos, habrá un impacto sobre las cuentas externas. Estas todavía se mantienen en niveles elevados, aunque ya no en los récords históricos de los últimos años, y debemos manejar esta situación con precaución.

Una reducción de los superávits de la cuenta corriente de la balanza de pagos que no esté financiada adecuadamente por la cuenta financiera y de capitales tendrá un impacto negativo sobre la liquidez interna. Es algo que empezamos a observar y que, considero, las instituciones financieras también comienzan a percibir.

Todavía existe liquidez en la economía y el sistema financiero mantiene un colchón de recursos depositados en mercados internacionales, que puede ayudar si disminuye la liquidez en el mercado local.

Sin embargo, creo que ya no estamos en la parte alta de la ola, sino en la parte baja, en términos de liquidez. Hacia adelante, la situación seguramente se comprometerá aún más.

Creo que lo fundamental va a ser poner atención en la magnitud del impacto del Fenómeno de El Niño sobre el sector productivo y el sector agrícola en Ecuador, y sus efectos de transmisión al resto de la economía, en 2026 y 2027.

“Lo fundamental va a ser la magnitud del impacto sobre el sector productivo y el sector agrícola en Ecuador y sus efectos de transmisión al resto de la economía”.

Santiago Mosquera. Experto en macroeconomía, finanzas internacionales, análisis de riesgo soberano y mercados globales. Es economista y PhD en Economía con una trayectoria orientada al análisis económico, financiero y de mercados en contextos regionales e internacionales. Ha ocupado cargos como Director de Riesgo Soberano para América Latina en Fitch Ratings y Economista Senior en IHS Global Insight. Su experiencia combina visión estratégica, análisis de riesgo y conocimiento de mercados, aportando a la toma de decisiones económicas y financieras.