Crónica de El Niño 2026: la Costa inundada y embalses sedientos
A diferencia del Litoral, con grandes precipitaciones, se pronostican lluvias entre normales y deficitarias en zonas donde funcionan las centrales hidroeléctricas
Por Álvaro Samaniego
Entre el 16 y el 22 de septiembre de 2026, la temperatura del mar a diez millas de la costa ecuatoriana osciló entre 27,0 y 28,7 °C.
El valor más alto fue registrado frente a la provincia de Esmeraldas, según el Instituto Oceanográfico y Antártico de la Armada (INOCAR).
Pocos días después, los ríos de esa provincia empezaron a desbordarse. El Niño, declarado oficialmente el 29 de agosto con la alerta roja nacional, dejó de ser un pronóstico.
Adicionalmente, sucedió lo que se temía: el acoplamiento de agua caliente con aire caliente, un signo más que anuncia la presencia de este fenómeno.
El Niño es un calentamiento anormal del océano Pacífico tropical que altera el clima de buena parte del planeta.
Para medirlo, los científicos comparan la temperatura del mar con su promedio histórico; esa diferencia se llama anomalía.
Según el Informe 010-2026 del Comité Nacional del Estudio Regional del Fenómeno del Niño (Erfen), en Niño 1+2 (la región más cercana a Ecuador) la anomalía llegó a +4,7 °C el 23 de septiembre y promedió más de +4°C en agosto y septiembre.
Un calor que llega hondo
El calentamiento no es solo de superficie. La termoclina es la franja donde el agua tibia de arriba pasa, de golpe, al agua fría de abajo, como cuando se bucea en un lago y se siente frío súbito.
Para ubicarla, los científicos usan la isoterma de 20°C: una línea imaginaria que marca la profundidad donde el agua llega a esa temperatura.
Hoy esa línea se hundió hasta unos 100 ó 120 metros. Es decir, hay una capa gruesa de agua caliente y el agua fría, que normalmente sube desde el fondo, está debilitada.
Allí habitan los nutrientes de los que se alimentan los peces. Ese debilitamiento provoca que vayan a las profundidades o viajen a lugares óptimos.
Primer rostro: aguaceros en el Litoral
Un océano caliente no basta para provocar lluvias. El Erfen explica que mar y atmósfera se refuerzan mutuamente, un proceso llamado acoplamiento.
Si el Pacífico oriental se calienta, los vientos alisios, que soplan de este a oeste, se debilitan. Con menos viento llega menos agua fría y el mar se calienta aún más, lo que debilita otra vez el viento.
Cuando ese círculo se instala sobre Ecuador, el mar cálido alimenta nubes y lluvias en la Costa. Según los boletines, la atmósfera local respondió desde mediados de septiembre.
Ese mes hubo 49 desbordamientos de cuerpos de agua, 131 eventos en el Litoral con 13.303 personas damnificadas, sobre todo en Esmeraldas, Guayas y Los Ríos.
Solo la inundación del 22 de septiembre en Muisne dejó más de 2.400 afectados. El 74% de los 4.556 metros lineales de vías afectadas está en Esmeraldas.
Hasta el 3 de octubre, la Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos (SNGR) contabilizó más de 210 eventos adversos en 21 provincias, 33 viviendas destruidas, 395 damnificados y una víctima mortal en Pasaje.
Guayaquil vivió su septiembre más lluvioso desde 1961, por encima de los de 1982 y 1997, y La Concordia acumuló 149,5 milímetros en 24 horas, un récord para ese mes.
Una de las inundaciones más copiosas en Guayaquil se produjo desde la madrugada del 19 de octubre. Las actividades escolares se suspendieron. Ayer hubo fuertes lluvias también en El Oro y Manabí.
Segundo rostro: represas sedientas
Mientras la Costa se inunda, las cuencas que alimentan las hidroeléctricas reciben menos agua. El Erfen pronostica para octubre lluvias entre normales y deficitarias en sectores de la Sierra y la Amazonía.
El 20 de octubre, el embalse de Mazar, que alimenta el complejo hidroeléctrico Paute, estaba a escasa distancia de su cota operativa crítica, y el río Coca tenía un flujo de 152 m³/s, frente a los 240-250 que necesita la hidroeléctrica Coca Codo Sinclair para generar unos 1.200 megavatios.
Las desconexiones a grandes industrias se ampliaron hasta 72 horas semanales. Un elemento pendiente es de qué manera se trasladará el costo de la autogeneración al precio de productos y servicios.
El Presidente de Colombia ofreció agilizar la venta de energía, pero las compras alcanzaron apenas los 2.443 kilovatios entre el 1 y el 19 de octubre.

Aún no hay cortes oficiales para los hogares, pero sí suspensiones del servicio cuyo origen han sido, según la información oficial, mantenimientos programados. Pese a dicha programación, la población no está informada y hay temor por los daños en los electrodomésticos y la conservación de alimentos.
El país recuerda 2024, con apagones de hasta 14 horas diarias, que no se resolvieron con dos millonarios contratos para generación de electricidad que hoy son objeto de investigaciones.
El escenario futuro
El Erfen reconoce similitudes con 1997-1998, 2015 y 2023, pero advierte que las similitudes no implican que las lluvias de 2026-2027 repitan las de esos eventos.
El umbral está entre noviembre y diciembre; se espera que la Zona de Convergencia Intertropical intensifique las lluvias en el norte y centro de la Costa, mientras en los embalses seguirán esperándose lluvias que podrían no llegar.
La pregunta de fondo, sin embargo, es social. A fines de 2025, la pobreza multidimensional nacional era de 41,7% y en el área rural llegaba a 66,9%.
No hay informes que midan quién vive junto a esos ríos o en esas laderas, pero el contexto sugiere que el costo no se repartirá por igual.
Si al efecto de las inundaciones se lograra sumar los costos derivados de la falta de energía eléctrica, se podría tener un panorama más realista.


