La parroquia de Palo Quemado, en tiempos de minería
Palo Quemado, en Cotopaxi, luce dividido por el avance del proyecto minero La Plata. Las expectativas económicas y las preocupaciones ambientales confrontan.
El camino hacia la parroquia de Palo Quemado asciende entre laderas cubiertas de vegetación y plantaciones de caña de azúcar.
Después de dejar la vía Alóag-Santo Domingo (en La Unión del Toachi), justo en el límite entre las provincias de Pichincha y Santo Domingo de los Tsáchilas, la carretera se vuelve más estrecha, aparecen tramos deteriorados y las difíciles curvas obligan a disminuir la velocidad. Por allí se atraviesa un puente y se llega a territorio cotopaxense.
En algunas viviendas dispersas junto al camino poco carrozable, sobresalen mensajes pintados sobre paredes de bloque y cemento: “No a la minería”.
Las paredes pintadas anuncian que la llegada está cerca. También anticipan el tema que domina las conversaciones en esta parroquia rural del cantón Sigchos, en la provincia de Cotopaxi.
La mañana del sábado 20 de junio de 2026 transcurre con una calma que llama la atención. A las 10:00, las calles lucen despejadas, el aire fresco desciende desde las montañas y pocas personas caminan por el centro poblado.
Un par de camionetas antiguas permanecen estacionadas junto a la entrada principal a la parroquia y varias motocicletas aparecen dispersas frente a viviendas y pequeños negocios.
Algunas casas muestran remodelaciones recientes en sus fachadas. Donde antes hubo un jardín o una sala, ahora hay material de construcción o funcionan pequeños locales que venden bebidas, frutas y productos básicos.
En una pequeña panadería impulsada por mujeres emprendedoras de la zona, una réplica plástica de la Copa del Mundo permanece exhibida junto al mostrador. A esa hora, ni siquiera el partido que la selección ecuatoriana de fútbol disputará ese día frente a Curazao parece alterar la rutina del lugar.
La actividad comercial es escasa ese sábado por la mañana. Cerca de allí y sobre una parrilla, varios plátanos maduros se preparan lentamente con la brasa del carbón, mientras pocos clientes compran algo y continúan su camino.
Nada parece alterar la vida cotidiana de la parroquia. Sin embargo, basta recorrer unas cuantas cuadras para encontrar señales de una discusión que ha terminado por instalarse en el centro de la vida comunitaria.

Carteles y murales, a favor y en contra
En una tela colocada en la parte superior de una vivienda en la vía de acceso a la parroquia se lee: “Minería legal es sostenible y sustentable. Sí al empleo”.
Media cuadra más abajo, un mensaje responde con una frase distinta: “El agua es un tesoro que vale más que el oro”. Ambos mensajes conviven a pocos metros de distancia y sintetizan una discusión que ha dividido opiniones en Palo Quemado.
Las posiciones enfrentadas aparecen también en las esporádicas conversaciones que se pueden mantener con habitantes del pueblo.
Algunas personas hablan de oportunidades laborales y desarrollo económico; otras expresan preocupación por los posibles efectos ambientales y sociales de la actividad minera.
Quienes comentan del tema coinciden en algo: el proyecto La Plata ha transformado la dinámica de una parroquia, que hasta hace pocos años era conocida principalmente por su producción agrícola.
La división no se manifiesta en conversaciones abiertas. Lo que se percibe es algo más sutil. Las referencias aparecen de manera constante, a veces en una frase, a veces en una observación breve. El proyecto minero está presente incluso cuando nadie lo menciona directamente.
Mientras tanto, las calles permanecen tranquilas. La mañana del sábado, una camioneta equipada con un megáfono, que irrumpe la tranquilidad de la zona, recorre el centro parroquial ofreciendo frutas, legumbres y hortalizas.
Contadas personas salen de sus viviendas, compran algo y regresan a sus actividades. La escena dura apenas unos minutos antes de que el silencio vuelva a ocupar el espacio.


A la izquierda un cartel expresa apoyo a la minería legal. Unos 50 metros más abajo, en una pared se apoya el cuidado del agua.
La tierra que produce
Palo Quemado forma parte de las cinco parroquias que integran el cantón Sigchos. Según el Censo de Población y Vivienda de 2022, tiene 1.022 habitantes distribuidos en una superficie de 116 kilómetros cuadrados.
Los indicadores sociales muestran una realidad compleja: el analfabetismo alcanza el 6,4% y la pobreza por necesidades básicas insatisfechas llega al 86,9%.
Esas limitaciones se reflejan en los servicios básicos. La cobertura de agua potable alcanza al 37,7% de la población; el alcantarillado, al 14,6%; la recolección de basura, al 49,9%; y el servicio de electricidad, al 89%.
Sin embargo, la economía local se sostiene sobre actividades que han definido históricamente la identidad de la parroquia.
La caña de azúcar domina buena parte del paisaje. En distintos sectores se observan plantaciones que alimentan la producción de panela orgánica, uno de los productos más representativos de la zona y que ha logrado acceder a mercados internacionales gracias a certificaciones especializadas y a Maquita.
La agricultura y la ganadería también son fuentes de ingresos para numerosas familias. Durante las fugaces conversaciones, varios habitantes describen una relación estrecha con la tierra y con las actividades productivas, que han sostenido a la población durante generaciones.
En Palo Quemado, el analfabetismo alcanza el 6,4% y la pobreza por necesidades básicas insatisfechas llega al 86,9%.
La parroquia comprende los recintos San Pablo de la Plata, Santa Rosa de Lima, Las Minas de la Plata, El Cristal, La Florida, Sarapullo Bajo, Las Praderas del Toachi y Palo Quemado Centro.
El territorio se asienta sobre las microcuencas de los ríos Toachi y Sarapullo y forma parte de un entorno natural donde destacan atractivos turísticos como la Cascada de Santa Rosa, la Cascada de Cristal y el Bosque Húmedo Toachi-Pilatón.
Según el Plan de Desarrollo y Ordenamiento Territorial del cantón Sigchos, estos ecosistemas enfrentan desde hace años presiones asociadas a la deforestación, la ampliación de la frontera agrícola, la tala de bosques, el sobrepastoreo, la extracción de recursos naturales y la construcción de vías.
En ese contexto se desarrolla ahora una nueva actividad que concentra la atención de la parroquia.

El proyecto minero La Plata
A inicios de febrero de 2026, el Ministerio del Ambiente y Energía (MAE) oficializó la aprobación del Estudio de Impacto Ambiental y otorgó la licencia ambiental para las fases de explotación y beneficio de minerales metálicos del proyecto minero La Plata.
La concesión se ubica en la parroquia Palo Quemado y comprende una superficie de 2.222 hectáreas, aunque la intervención directa prevista alcanza 144 hectáreas. El proyecto contempla la extracción de oro, cobre, plata y zinc.
El proyecto está a cargo de la Compañía Minera La Plata S.A. que pertenece a Toachi Mining Inc., subsidiaria de la empresa canadiense Atico Mining Corporation.
De acuerdo con información del Banco Central del Ecuador (BCE), La Plata se desarrolla bajo el régimen de mediana minería. La construcción está prevista para el segundo semestre de 2026 y el inicio de producción para 2028.
Las cifras asociadas al proyecto ayudan a dimensionar su alcance. Entre 2011 y 2025, según el BCE, se registraron inversiones acumuladas por USD 32 millones. Hasta finales de 2025 se reportaron 396 empleos, de los cuales 99 correspondían a puestos directos y 297 a empleos indirectos.
Para una parroquia de poco más de mil habitantes, la magnitud de estas cifras explica parte de las expectativas que se han generado alrededor del proyecto, así como las preocupaciones que también acompañan su desarrollo.

Las dos expectativas en el territorio
Las opiniones sobre La Plata no son homogéneas. En Palo Quemado conviven visiones distintas sobre lo que representa la minería y sobre las consecuencias que podría tener para el futuro de la parroquia.
Entre quienes observan con preocupación el avance del proyecto aparecen inquietudes relacionadas con el agua, los ecosistemas y las transformaciones sociales que podría experimentar la comunidad.
Durante el recorrido por la parroquia, varios habitantes señalaron que el tema ha generado distanciamientos entre vecinos y desacuerdos en organizaciones locales. Una de las frases que se repiten es que la principal afectación visible hasta ahora no está en el territorio, sino en las relaciones entre las personas.
Algunos también recordaron episodios de tensión registrados durante los procesos de socialización y consulta ambiental vinculados al proyecto. Sus relatos describen momentos de confrontación entre grupos con posiciones opuestas sobre la minería y la presencia de fuerzas del orden durante algunas de esas jornadas.
Del otro lado se encuentran quienes consideran que la minería representa una oportunidad para acceder a empleo, generar ingresos y dinamizar la economía local. Los mensajes colocados en distintos puntos de la parroquia reflejan esa expectativa y muestran que una parte de la población observa en el proyecto una posibilidad de mejorar las condiciones económicas de una zona donde las oportunidades laborales son limitadas.
La discusión no parece próxima a resolverse. Lo que hay es una coexistencia de dos expectativas distintas sobre el futuro de un mismo territorio. Y eso se evidenciará una vez que comiencen los trabajos de explotación y producción.

A la espera del proyecto
Pasado el mediodía del sábado 20 de junio de 2026, Palo Quemado conserva la misma calma con la que recibió a los visitantes horas antes.
Los negocios permanecen abiertos, aunque con poco movimiento. Las personas continúan apareciendo de manera esporádica en las calles. La vida cotidiana avanza sin sobresaltos aparentes.
Tres jóvenes atraviesan el centro parroquial a bordo de motocicletas relativamente nuevas. Conversan mientras revisan sus teléfonos celulares y toman una de las vías que conduce hacia el parque, el coliseo y el centro de salud.
En una de las paredes del coliseo destaca un mural en el que una mujer extiende la mano hacia varios animales del bosque: un mono, un tucán, una ardilla, un felino y un oso. La imagen ocupa buena parte de la pared y se ha convertido en uno de los elementos más visibles del espacio público.
La presencia del oso remite a una de las historias sobre el origen del nombre de la parroquia. Los habitantes cuentan que, hace años, un oso permaneció sobre un árbol sin intención de bajar y era un lugar clave para ir hacia Santo Domingo de los Tsáchilas. Según la leyenda, ellos decidieron quemar el tronco para obligarlo a descender y, con el tiempo, el sitio terminó siendo identificado por los viajeros como un lugar de referencia: el 'palo quemado'.

La tarde del sábado avanza lentamente. La neblina vuelve a descender sobre las montañas y el movimiento en las calles sigue siendo escaso.
A simple vista, el pueblo mantiene la tranquilidad que ha caracterizado la jornada, aunque dos jóvenes mujeres juegan con un balón y tratar de animarse con La Tri.
Sin embargo, detrás de esa aparente quietud permanece una discusión que atraviesa a familias, organizaciones y vecinos, y que se ha convertido en el principal tema de conversación en esta parroquia agrícola de Cotopaxi.
Por ahora, mientras el proyecto La Plata se prepara para ingresar a una nueva etapa, Palo Quemado permanece a la espera.
Una espera que se percibe en los carteles, en las conversaciones y también en los silencios de una comunidad que observa, desde posiciones distintas, los cambios que podrían redefinir su futuro.


