Japón y Alemania, dos espejos para Ecuador en energía nuclear

La demanda nacional, de 37 TWh anuales, equivale a menos del 5% de la japonesa, pero crece cerca del 10% al año. La seguridad y los costos son dos interrogantes.

Japón y Alemania, dos espejos para Ecuador en energía nuclear
El tsunami que siguió al terremoto del 11 de marzo de 2011 causó la tragedia de Fukushima. Hoy es el Día de Concienciación de los Tsunamis.

Por Álvaro Samaniego

Llegué a Japón seis meses después de que el Gran Terremoto del Este, de magnitud 9, y el tsunami posterior, con olas de hasta 18 metros, pusieron fuera de control, el 11 de marzo de 2011, a la central de Fukushima Daiichi.

Era como presenciar a un coloso que se levantaba después de ser abatido. Me llamó la atención sobre todo el éxito de la prevención. Si bien hubo más de 20.000 fallecidos, en eventos similares en otros países las pérdidas se multiplican por 10.

Y también me impresionó la capacidad de resiliencia de los japoneses, basada en una ciudadanía que privilegia la mitigación comunitaria a las soluciones individuales.

El haber gozado por años de uno de los sistemas de generación eléctrica más limpios, pero que llegó a convertirse en un monstruo por la confluencia de varios factores, trajo el fantasma de su posible desaparición.

Pero Japón y Alemania sacaron conclusiones opuestas del accidente nuclear de Fukushima, uno de los tres peores de la historia, junto a Chernóbil, en la ex Unión Soviética, y a Three Mile Island, en Estados Unidos. 

En efecto, la tragedia de 2011 provocó, en dos de las democracias más avanzadas del planeta, la misma pregunta y, quince años después, sus respuestas no pueden ser más distintas.

Ecuador, que deberá trabajar sostenidamente en el plan trazado hasta el 2035 si quiere instalar como es debido una central nuclear en algún lugar de su territorio, tiene mucho que aprender de ambos.

Japón: encender para sostenerse

Antes del desastre, Japón operaba 54 reactores, que aportaban cerca del 30% de su electricidad. Todos se detuvieron para ser evaluados.

En mayo de 2012, el país quedó, por primera vez en 42 años, sin generación nuclear. Nació una autoridad reguladora independiente y se endurecieron las normas frente a sismos, tsunamis y atentados.

Los reinicios llegaron con cuentagotas: el primero, en la central de Sendai, en 2015. Pero la velocidad cambió por varias razones.

Japón importa casi toda su energía fósil, con un alto costo económico y medioambiental, que trata de equilibrar con políticas nacionales anticontaminación.

El encarecimiento de los combustibles posterior a la pandemia, la depreciación del yen y la invasión rusa de Ucrania lo golpearon: en 2022 el Gobierno emitió su primera alerta de suministro eléctrico.

En 2023, la política pasó de “reducir la dependencia” a usar la nuclear “en la mayor medida posible”, incluso más allá de los 60 años de vida útil de las plantas.

El plan de febrero de 2025 apunta a subir la producción de energía nuclear del 10% a cerca del 20% en 2040. En enero de 2026, el reactor 6 de Kashiwazaki-Kariwa se convirtió en el primero de la empresa Tepco en volver a arrancar desde la tragedia.

La opinión pública acompañó con reservas. Según Asahi Shimbun, uno de los mayores medios de comunicación nipones, en febrero de 2023 el 51% apoyaba el reinicio y el 42% se oponía, cuando antes la mayoría decía no.

Las heridas siguen abiertas: quedan 880 toneladas de combustible y escombros en Fukushima Daiichi, el desmantelamiento superará los 40 años previstos, y persisten dudas sobre la independencia del regulador y sobre los residuos de alta radiactividad, que aún no tienen depósito final.

La tecnología de las centrales nucleares ha avanzado notablemente en los últimos años. El factor de seguridad sigue siendo preponderante.

Alemania: una decisión política

Alemania llegó a la era Fukushima con una larga tradición antinuclear, nacida en los años setenta. Pero sus 19 unidades llegaron a suministrar hasta un tercio de la electricidad.

El cierre estaba acordado desde 2002, y fue un gobierno conservador, el de Angela Merkel, el que lo aceleró en 2011.

Las últimas tres centrales (Isar 2, Emsland y Neckarwestheim 2) se apagaron el 15 de abril de 2023, después de una prórroga motivada por la guerra en Ucrania y el corte del gas ruso.

La sociedad no era unánime. Una encuesta de alta reputación mostró entonces a un 59% en contra del cierre. En 2022, un año antes, las energías renovables aportaban el 44% de la electricidad y la nuclear, el 6%.

Los críticos recuerdan que durante la transición aumentó el uso de carbón y gas, y que las emisiones subieron en 2022. Y se sigue comprando energía nuclear.

Los defensores responden que no hubo problemas graves de suministro y que mantener reactores envejecidos exigía inversiones que debían ir a energías renovables.

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Tres lecciones

La primera: la energía nuclear nunca es solo cuestión de kilovatios. Ante la misma imagen, Alemania priorizó el riesgo de accidente y de residuos.

Japón, sin recursos propios, puso por delante la seguridad energética. Riesgo percibido, identidad nacional e intereses industriales pesaron tanto como la ingeniería.

La segunda lección: sustituir la energía nuclear tiene un costo de transición, pagado con más combustibles fósiles.

Y, la tercera: la confianza en el regulador y en el manejo de los residuos pesa tanto como el reactor. ¿Qué preguntas enfrenta Ecuador?

Con alrededor de 37 TWh anuales, la demanda ecuatoriana equivale a menos del 5% de la japonesa, pero crece cerca del 10% al año y se cubre en su mayor parte con hidroelectricidad, lo que expone al país a apagones en las sequías.

Las preguntas que quedan persistentemente en el silencio son: ¿Ecuador necesita energía nuclear? ¿Es posible aplicar el Plan Maestro que preveía construir hidroeléctricas en la cordillera occidental para equilibrar la generación en estiajes y sequías?

El actual Gobierno plantea un primer reactor modular de 300 MW, con un costo estimado de entre USD 2.000 y 3.000 millones, apoyado en un acuerdo con el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y en el proyecto de Ley de Energía Atómica presentado a la Asamblea hace 15 meses.

El horizonte, monitoreado desde el Ministerio de Ambiente y Energía (MAE), hoy se mide en unos diez años. Quedan por resolver la sismicidad, el financiamiento, los residuos y la escasez de especialistas, además de la percepción y las voces críticas.

De lo que se trata es si la energía nuclear puede ser segura y qué costos tendrá frente a la hidroeléctrica, dependiente del clima; la térmica, dependiente de los fósiles; la geotérmica, costosa por los estudios previos, y la solar y la eólica, que dependen de energías "firmes", o una combinación confiable y razonable.

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