Impacto Neto Positivo, más allá de la mitigación y la adaptación

La idea toma fuerza como una alternativa frente a los resultados desalentadores. Hay excelentes ejemplos que parten de alianzas público-privadas y la evidencia.

Impacto Neto Positivo, más allá de la mitigación y la adaptación
Delta del río Indo. Se restauraron unas 350.000 hectáreas de manglar. Foto: Pexels

Por Álvaro Samaniego

El cambio de paradigma es evidente. Las Soluciones Basadas en la Naturaleza (SBN) surgieron para hacer un contrapeso de las “soluciones que usan a la naturaleza como recurso”. Pero ese enfoque ya no resulta suficiente.

La tortilla se está virando como una urgencia para evitar la devastación del planeta. Y está resultando, pero todavía se trata de esfuerzos dispersos y escasos.

De ese principio, que busca que la actividad humana se ajuste a la dinámica de la naturaleza, nace uno más radical, que la Organización de Naciones Unidas (ONU) espera se generalice hasta 2030.

Otra vez, es una urgencia porque todo lo hecho hasta ahora no ha resultado. La prueba es que el planeta se encuentra en estado de calentamiento global, debido a las actividades humanas.

Ante las evidencias científicas de que el equilibrio se había roto, primero se habló de mitigación (morigerar los daños) y luego de adaptación (aprender a convivir con los daños causados).

Pero no es suficiente. Con esa constatación, una coalición independiente de científicos desarrolló una idea, que fue adoptada por la ONU, como una puerta de emergencia frente al desinterés general.

Lo bautizaron como Impacto Neto Positivo, un mecanismo que podría actuar como una solución real a los problemas del planeta. Busca que las actividades humanas o proyectos de desarrollo dejen al medio ambiente y a los ecosistemas en un estado mejor que el original.

Va más allá de simplemente reducir el daño o compensar las pérdidas, asegurando una ganancia medible y real para la naturaleza. Su meta es prevenir daños antes de que ocurran.

Asimismo, reducir la escala o duración de los impactos inevitables durante el desarrollo de una actividad, y rehabilitar los hábitats afectados a su estado original una vez finalizada la intervención.

El concepto cobra mayor relevancia cuando siete de los nueve límites planetarios han sido superados.

Es decir, ya no solo es indispensable disminuir el impacto, sino curar activamente los ecosistemas, para que recuperen su resiliencia y capacidad de sostener la vida.

Cuando se supera un límite planetario, la capacidad de regeneración natural se ve comprometida o se extiende a plazos tan largos que dejan de ser útiles para sostener la vida humana y la estabilidad de los ecosistemas

Pakistán ya lo hizo

 El delta del río Indo (el quinto más grande del mundo) sufrió décadas de deforestación de manglares. Dejó comunidades costeras expuestas a inundaciones catastróficas, salinización del agua dulce y una pérdida masiva de biodiversidad marina.

¿La solución? El proyecto de restauración de manglares más grande del planeta (abarca 350.000 hectáreas). Se financió en el mercado de bonos de carbono azul y alianzas público-privadas.

El proyecto ha reforestado activamente más de 75.000 hectáreas de humedales degradados, con decenas de millones de plántulas nativas. 

Monitoreos satelitales recientes confirman un incremento drástico en la densidad del bosque. Científicamente, los manglares capturan hasta cuatro veces más carbono que las selvas tropicales.

El beneficio neto: se ha documentado la recuperación de 11 especies globalmente amenazadas. Además, las raíces de los manglares restaurados filtran el agua, detienen el avance de la salinidad hacia los cultivos interiores y protegen a más de 40.000 habitantes de las tormentas oceánicas. 

Regeneración de los páramos en Pichincha, Ecuador. Foto cortesía Fonag.

Ecuador está en camino

"País Capital del Agua". Ecuador fue seleccionado con esta distinción por los organismos reguladores hídricos regionales.

Está bajo el reflector internacional para liderar los debates sobre la gestión comunitaria y los desafíos de conservación frente al retroceso de los glaciares andinos. 

El Fondo para la Protección del Agua de Quito (Fonag) identificó 143.000 hectáreas estratégicas en el Distrito Metropolitano y zonas rurales que son vitales para abastecer de agua a la capital.

Actualmente, unas 71.000 hectáreas ya tienen mecanismos de conservación (mediante la adquisición de predios y acuerdos con comunidades locales).

El reto urgente del nuevo plan es intervenir la otra mitad del territorio que aún carece de protección para asegurar la resiliencia hídrica de la ciudad. Se trata de un gran desafío en el que pesan pasivos de décadas de inacción e incumplimiento de normas de construcción y de manejo de desechos, entre otras.

Un problema para el cual se empieza apenas a trazar planes de largo plazo, con la participación de las organizaciones civiles que empujan soluciones, peses a la falta de continuidad en las políticas municipales y las dificultades presupuestarias.

El manglar protegido superó las 100.000 hectáreas en Ecuador
Cuatro asociaciones de El Oro se sumaron al manejo sostenible y la custodia de manglares. La entrega se hizo por el Día de Conservación de este ecosistema.

Un plan que vale la pena mencionar en Ecuador es también el de la recuperación de 100.000 hectáreas de manglares hasta 2025. Es un trabajo sostenido por el Estado y una ong y financiado por el Fondo Verde para el Clima (GCF).

Los Acuerdos de Uso Sostenible y Custodia del Ecosistema de Manglar (Auscem), vigentes desde el 2000, entregan a los beneficiarios derechos de uso y responsabilidad de protección sobre un espacio de propiedad estatal.

La voraz regla del 30 x 1

La ONU publicó el informe “El estado de la financiación para la naturaleza 2026”. El estudio revela la desconexión financiera absoluta que afecta la posibilidad de avances reales a escala global.

La regla del 30 a 1 explica que por cada dólar que se invierte en proteger o restaurar la naturaleza se gastan 30 dólares en subsidios y actividades comerciales que la destruyen.

En el mundo se destina unos USD 7,3 billones de dólares anualmente para actividades con impacto neto negativo (subsidios masivos a combustibles fósiles, ganadería extensiva en zonas protegidas, infraestructura mal planificada). 

Apenas USD 220.000 millones se destinan a la conservación y la regeneración. De esta cifra, el sector privado aporta un 10% (USD 23.000 millones). 

Para estabilizar los 7 límites planetarios, la inversión verde anual debe escalar a USD 571.000 millones hasta 2030

Esa aparente fortuna requerida representa apenas el 0,5% del PIB global. Si los gobiernos y los fondos de inversión redirigieran solo una pequeña fracción hacia proyectos de impacto neto positivo, la brecha financiera se cerraría de inmediato. 

La ciudad de Fortaleza, en Brasil, es beneficiada por la Mata Atlántica. Foto: Pexels.

Un ejemplo trinacional

Hay una constatación emblemática en el cono sur de América, conocido como el Pacto Trinacional del Bosque Atlántico. Involucra a Brasil, Argentina y Paraguay.

La Mata Atlántica es uno de los biomas más amenazados del planeta. Siglos de agricultura y urbanización redujeron este gigantesco bosque a fragmentos aislados (menos del 15% del tamaño original), con la destrucción de las cuencas hídricas que abastecen a megaciudades como São Paulo y Río de Janeiro. 

El Pacto unió a más de 300 instituciones. Su enfoque es restaurar activamente parches de bosque estratégico entre fincas privadas y reservas, usando técnicas de regeneración natural asistida. Su meta es recobrar 15 millones de hectáreas para 2050. 

Se ha logrado sacar de la degradación absoluta a cientos de miles de hectáreas. El impacto hídrico es brutal: la cobertura forestal regenerada estabilizó el flujo de los ríos de la región y disminuyó el costo de potabilización del agua para las ciudades debido a la filtración natural del suelo recuperado. 

"Lograr un mundo 'Naturaleza Positiva' no es un lujo ni una opción ambientalista; es la condición indispensable para la estabilidad económica y la supervivencia humana en este siglo": Elizabeth Mrema, Pnuma