El Niño en Ecuador en 2026: lo más importante es la prevención

Aunque la mayoría de modelos dinámicos apuntan hacia la presencia de El Niño entre mayo y julio, la intensidad y persistencia del evento siguen siendo inciertas.

El Niño en Ecuador en 2026: lo más importante es la prevención
Sector de Manta inundado en marzo de 2025, uno de los años más lluviosos en Ecuador.

Por Álvaro Samaniego

La comunidad científica internacional empieza a coincidir en un diagnóstico inquietante: el Pacífico tropical se está calentando y las condiciones apuntan hacia un nuevo episodio de El Niño en 2026.

La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por sus siglas en ingles) y su Centro de Predicción Climática estiman un 61% de probabilidad de que el fenómeno emerja entre mayo y julio y se mantenga los próximos meses.

El Centro se apoya en señales oceánicas que muestran una acumulación sostenida de calor subsuperficial y un progresivo debilitamiento de los vientos alisios.

Pero Estados Unidos no es la única voz en este tablero climático. Japón, Europa y China, a través de sus agencias meteorológicas, también observan una transición hacia un estado cálido del océano.

El modelo europeo ECMWF detecta anomalías positivas en el Pacífico central, mientras que la agencia japonesa JMA prevé un Niño de intensidad moderada.

En China, la Administración Meteorológica (CMA) y la influyente NUIST coinciden en que el calentamiento se consolidará a mediados de año.

Este es un fenómeno climático recurrente que sucede de tiempo en tiempo, aunque su intensidad y duración son variables. El calentamiento global podría estar produciendo anomalías.

La Organización Meteorológica Mundial, el brazo técnico de Naciones Unidas consolida los de los principales centros globales de investigación. Su último consenso respalda la tendencia dominante: el océano se inclina hacia un nuevo El Niño.

Sin embargo, no todo es unanimidad. Un grupo de investigadores de la Academia China de Ciencias, especializado en modelos de complejidad, sostiene que la señal no es concluyente y que la neutralidad podría mantenerse.

Su lectura introduce un matiz relevante: aunque la mayoría de modelos dinámicos apuntan hacia El Niño, la intensidad y persistencia del evento siguen siendo inciertas.

En esa línea también apunta el último boletín del Comité ERFEN (Estudio Regional del Fenómeno El Niño) Siguiendo a la NOOA señala que "para el trimestre junio-julio-agosto de 2026, existe una probabilidad del 62 % de desarrollo de condiciones El Niño, lo cual podría persistir los siguientes meses".

Pero aclara que este valor expresa la probabilidad de ocurrencia del fenómeno y no permite definir todavía su intensidad, la cual deberá evaluarse en los próximos meses conforme evolucione el sistema océano-atmósfera.

Imagen de la NOOA de abril de 2026 que muestra el calentamiento frente a Ecuador.

Una advertencia para Ecuador

Para países como Ecuador, donde ya se registra un aumento de las temperaturas del océano Pacífico, esta convergencia internacional es tanto un dato científico como una advertencia.

La llegada de este fenómeno puede provocar efectos muy negativos. Los más fuertes episodios de El Niño han dejado una huella profunda en la región andina y costera del Pacífico oriental.

Los fenómenos más fuertes se han producido en 1982-1983 y 1997-1998. También han sido notables los eventos de periodos como 1972-1973 y 1991-1992. En esta década hubo un El Niño moderado en 2023-2024. Ese último año fue el de los mayores incendios y 2025 se convirtió en uno de los más lluviosos.

En 2024 hubo un récord de incendios forestales en Ecuador
El año pasado se contabilizaron 5.834 siniestros, 67% más que en 2023. La temporada de lluvias seguirá hasta abril.

Durante la ocurrencia de El Niño en Ecuador, las lluvias extremas desbordaron ríos, anegaron barrios enteros y paralizaron vías estratégicas. Los deslizamientos dañaron viviendas, mientras miles de familias quedaron expuestas.

El impacto no ha sido solo material: la interrupción de servicios básicos y el deterioro de la movilidad urbana han afectado la vida cotidiana de millones.

En el campo, los efectos han sido igual de severos. Las inundaciones prolongadas arrasaron cultivos de ciclo corto y afectaron la productividad de sectores clave como el banano, el arroz y el cacao.

Las cadenas de suministro se vieron alteradas por vías intransitables, lo que encareció el transporte y redujo la disponibilidad de alimentos en los mercados locales. Para muchas comunidades rurales, hubo un retroceso en ingresos y seguridad alimentaria.

El Niño también dejó una estela sanitaria. El aumento de la temperatura y la humedad favoreció la proliferación de vectores como el mosquito Aedes aegypti, elevando los casos de dengue, chikunguña y zika.

Las inundaciones generaron focos de contaminación y afectaron la calidad del agua, incrementando enfermedades gastrointestinales. La presión sobre el sistema de salud ha sido evidente: hospitales y centros médicos enfrentaron una demanda creciente en medio de condiciones operativas adversas.

La oscilación La Niña-El Niño

Aunque el foco está puesto en El Niño, la NOAA insiste en mencionar a La Niña porque su disipación es la pieza inicial del ciclo. Este es el fenómeno opuesto a El Niño y sucede alternativamente.

El sistema ENSO (El Niño-Southern Oscillation, siglas en inglés) funciona como un péndulo, y la Niña previa deja en el océano un “residuo frío” que, al agotarse, permite que el calor subsuperficial avance hacia la superficie.

Ese cambio de fase es lo que abre la puerta a un nuevo El Niño. En otras palabras, La Niña antecede y condiciona a El Niño. Su retirada es la señal de que el Pacífico está listo para oscilar hacia el lado cálido.

Ruido vs prevención

En medio del ruido mediático, algunos titulares han hablado de un posible “Superniño”, pero ninguna agencia científica seria respalda esa idea. Ni la NOAA, ni la OMM, ni los centros de Japón, Europa o China proyectan un evento catastrófico comparable a los episodios más extremos del pasado.

Lo que existe hoy es una señal de calentamiento que podría derivar en un El Niño, cuya intensidad y duración aún son inciertas y no comparables, científicamente, con el último “super El Niño”, que sucedió en 1997-1998.

Exagerar el escenario no ayuda: la ciencia no anticipa un desastre inevitable, sino un fenómeno que debe seguirse con rigor y prepararse con responsabilidad. Como siempre, la clave está en la prevención.

Esta no puede improvisarse. Requiere sistemas de alerta temprana robustos, infraestructura adaptada al clima, planificación territorial rigurosa y una comunicación pública clara y sostenida.

Prepararse no elimina los riesgos de un fenómeno de magnitud como El Niño, pero sí reduce su capacidad de convertirse en desastre.