El costo oculto de la producción industrial de flores en Ecuador
Un informe de Ojo Público muestra que detrás de este negocio hay uso intensivo de agroquímicos para lograr los estándares estéticos del mercado mundial.
Por Lise Josefsen Hermann, Jasper Wenzel y Johis Alarcón
El fértil valle cerca de La Chimba, sobre la región de Cayambe, en el norte de Ecuador, vibra con la música. Las bandas del pueblo chocan como tempestades y resuenan bajo una fina lluvia. Un arcoíris une las laderas y las hileras de invernaderos de plástico blanco que albergan el tesoro de la región: rosas cultivadas por su belleza, empaquetadas para la exportación y que abrirán sus botones lejos de su origen.
En medio de la llovizna, Patricia y Milton comparten una jarra de chicha, bebida esencial en las celebraciones de la cosecha. Desde 2000, la pareja trabajó duro como ganaderos lecheros, pero mantener a flote un negocio de leche exige grandes extensiones de tierra. Por eso, hace cinco años, se embarcaron en una nueva aventura: como muchos otros en Cayambe, pusieron sus esperanzas en un incipiente negocio de flores, ya que las rosas prometen más beneficios en muchísima menos tierra.
“La diversificación no es solo una estrategia, es cosa de supervivencia aquí”, afirma Patricia tras llegar a la pequeña finca, un poco más arriba de donde se celebran las fiestas. La mujer indígena kayambi señala con un gesto un invernadero de 4.500 metros cuadrados con hileras apretadas de cinco distintas variedades de rosas.

Según Expoflores, la asociación nacional de productores y exportadores de flores en Ecuador, tres cuartas partes de la producción de rosas del país se concentra en la región de Cayambe.
La nación se convirtió en 2024 en el tercer exportador mundial, con más de 2.000 millones de unidades vendidas al año, solo por detrás de los Países Bajos y Colombia. La rosa ecuatoriana es un producto cotizado y genera más divisas para el país que el plátano, el café u otros productos agrícolas tradicionales.
La creciente demanda ha permitido que miles de hectáreas florezcan en las alturas de esta zona, ubicada al noreste de la capital Quito, donde el agua escasea. Las condiciones climáticas únicas de los Andes, caracterizadas por la gran altitud, el fértil suelo volcánico y la intensa luz solar, crean circunstancias ideales y permiten que los tallos crezcan más y las flores alcancen un tamaño impresionante. Desde el punto de vista de los dueños de las fincas, es igual de importante el salario mínimo que se paga a muchos trabajadores.
La creciente demanda ha permitido que miles de hectáreas florezcan en las alturas de esta zona, ubicada al noreste de la capital Quito, donde el agua escasea.
Patricia y Milton afirman que el crecimiento de la industria de las flores ha impulsado la economía, pero no siempre para personas como ellos. Los grandes ingresos de la región provienen de las exportaciones a Estados Unidos, la Unión Europea (UE) y Kazajistán, que actúa como intermediario y centro de suministro para Rusia, en medio de su actual conflicto con Ucrania. En otras palabras, mediante las flores, Cayambe está conectada con el mundo. Pero para las pequeñas empresas, la supervivencia es una lucha constante.
En los barrios de Cayambe, una región de poco más de 100.000 habitantes, casi la mitad de la población se dedica a esta industria. Las mujeres indígenas como Patricia constituyen una parte fundamental de la mano de obra de la floricultura, en especial en las comunidades rurales. Participan en diversas etapas de la producción floral, desde la plantación hasta la cosecha. Algunos kayambi, como Patricia y Milton, se dedican a la agricultura de subsistencia para tener qué comer. Sin embargo, la gran mayoría trabaja en las numerosas plantaciones que se extienden por el paisaje.
En los barrios de Cayambe, una región de poco más de 100.000 habitantes, casi la mitad de la población se dedica a esta industria.
Aquí, las rosas reciben tratamientos intensivos con productos químicos para garantizar una floración impecable, como exigen los importadores extranjeros, mientras que las normas ambientales vigentes en Ecuador se controlan poco.
A diferencia de lo que ocurre en la producción agrícola destinada a la alimentación, existen límites más flexibles para el uso de pesticidas en el cultivo de flores. Y eso causa graves problemas a corto y largo plazos para los trabajadores y las personas que viven cerca de las plantaciones.
Una investigación de la ONG ambiental austríaca Global 2000 revela lo que los clientes europeos están comprando cuando exigen flores impecables durante todo el año: en 16 ramos examinados se encontraron restos de 79 pesticidas diferentes. De ese total, 49 son hormonalmente activos, cancerígenos, perjudiciales para la fertilidad o clasificados por la Organización Mundial de la Salud como peligrosos para la salud humana.
En promedio, cada ramo contenía residuos de 14 pesticidas; uno estaba contaminado hasta con 32. Tres cuartas partes contenían sustancias químicas prohibidas desde hace tiempo en la UE por ser especialmente tóxicas.

El problema de los pesticidas
“Es una batalla cuesta arriba”, afirma el doctor José Suárez López, de la Universidad de California en San Diego, ecuatoriano de origen. “Muchos pesticidas que se han dejado de utilizar o se han prohibido en Europa siguen utilizándose en Estados Unidos y la agricultura ecuatoriana siempre parece acabar imitando lo que hace Estados Unidos. Para las comunidades rurales rodeadas por las plantaciones de flores en Cayambe, eso es una muy mala noticia en este momento”, indica Suárez López.
Un estudio realizado en 2024 entre trabajadores en la floricultura ecuatoriana reveló que más del 61% presentaban patologías compatibles con neumonitis, lo que se atribuye a la exposición a pesticidas y otros productos agroquímicos utilizados en el cultivo de flores.
Las afecciones cutáneas, como erupciones y eccemas, son frecuentes debido al contacto directo con productos químicos y plantas. Algunos estudios muestran que las tasas de intoxicación por pesticidas entre los trabajadores de la floricultura alcanzan hasta el 60%.
“Los riesgos del uso intensivo de agroquímicos van más allá de los trabajadores, ya que afectan a comunidades rurales enteras”, afirma Suárez López. En 2008 inició un programa de investigación con más de quinientos adolescentes que vivían en la zona productora de flores alrededor de Cayambe, donde el uso intensivo de pesticidas ha provocado un notable aumento de los marcadores de inflamación en sus cuerpos.
Esta condición guarda relación con un peor rendimiento neuroconductual, es decir, con la forma en que los niños piensan, aprenden, recuerdan e interactúan socialmente. En otras palabras, cuando alguien en Europa o Estados Unidos compra rosas para su madre, puede estar contribuyendo a que los niños en Ecuador tengan más dificultades para aprender en la escuela.
"Después de la cosecha del Día de la Madre, descubrimos que los niños tenían una exposición a pesticidas mucho mayor y un rendimiento neurocognitivo menor": José Suárez
Tras informes que indicaban que los jóvenes de las regiones productoras sufrían de depresión con mayor frecuencia, su equipo de investigadores corroboró la sospecha de que la exposición a pesticidas influye en este hecho.
“Hemos encontrado índices de depresión más altos entre los participantes con mayor exposición a pesticidas. Y esto fue más evidente en mujeres que en hombres”, afirma Suárez López, quien también menciona informes de casos más frecuentes de leucemia, abortos espontáneos, enfermedades crónicas y daños neurológicos, como problemas de memoria y fatiga.

El trabajo en las plantaciones
Una gran plantación de flores nos abre las puertas en Cayambe, donde trabajan unas quinientas personas. Hay guardias armados en la entrada, y nos vigilan a cada paso. El ingeniero agrónomo encargado de la visita elogia las flores de sus variedades más vendidas, Pink Amaretto y Violet Hill. Un gran cartel anuncia “calidad para las cuatro estaciones”.
“Nuestra producción durante todo el año hace que las rosas de Ecuador sean más respetuosas con el CO2 que las que se cultivan en invernaderos de alto consumo energético en los Países Bajos durante la temporada de frío”, dice el gerente.
Los ingresos de Cayambe provienen de las exportaciones de rosas Estados Unidos, la Unión Europea y Kazajistán, que actúa como intermediario para Rusia.
Pero los clientes europeos rara vez ven rosas ecuatorianas en los estantes, ya que la gran mayoría se importa a través de los Países Bajos, y en los destinos finales se declaran solo con el nombre del último país exportador.
Los hombres y mujeres, que deben trabajar turnos completos de pie, reciben el salario mínimo. Al entrar en uno de los invernaderos, un cartel explica el programa de fumigación. “Cambiamos el equipo de fumigadores cada tres meses”, dice el gerente de la plantación. En pocas palabras: de lo contrario, el trabajo se vuelve demasiado tóxico.
“Toda actividad agrícola deja una huella ambiental”, se justifica el gerente. “Algunos productos químicos están prohibidos porque son cancerígenos; otros, porque dañan a los polinizadores.” No parece casualidad que la única parte de la operación que no se nos permita ver y fotografiar sea el momento de fumigar.
Afuera de la planta de producción, nos detenemos a fotografiar montones de contenedores de residuos tóxicos desechados sin cuidado, esparcidos como la utilería de una película distópica. Un guardia de seguridad se acerca, e insiste en que nos vayamos, antes de seguirnos en su moto hasta la carretera Panamericana.

Estado de emergencia
Solo alrededor del 0,1 % de las rosas exportadas desde Ecuador cuenta con la etiqueta de comercio justo. Los sistemas de certificación buscan garantizar prácticas laborales más seguras y éticas en las plantaciones, pero su cumplimiento y aplicación varían. Nuevos proyectos de ley de derechos laborales buscan mejoras en salarios justos, seguridad laboral y protección legal para los trabajadores agrícolas, con avances en el fortalecimiento de los códigos laborales y la supervisión internacional. Sin embargo, estos proyectos se enfrentan a la oposición de grupos de presión, legisladores y el gobierno.
Se solicitaron reacciones a esta investigación a varios organismos oficiales, entre ellos los ministerios de Ambiente y de Salud, pero ninguno respondió hasta el cierre de este reportaje.
Ecuador experimenta una gran inestabilidad en los últimos años, tanto política como en materia de seguridad. Tiene una de las tasas de homicidios más altas de Latinoamérica. En octubre de 2025, el paro nacional y los bloqueos de carreteras liderados por el movimiento indígena, en especial en el norte del país, paralizaron parcialmente las actividades económicas. El presidente de Ecuador, Daniel Noboa, respondió con la fuerza militar, lo que causó bajas civiles y cruentos enfrentamientos durante las manifestaciones.
“Aquí, en Cayambe, siempre ha habido levantamientos y manifestaciones contra la explotación y el abuso laboral”, afirma Guillermo Churuchumbi, exalcalde de Cayambe entre 2013 y 2024, un período en el que la producción de rosas se disparó. Churuchumbi es propietario del restaurante Rasupamba, donde vende comida tradicional ecuatoriana, cerca de La Chimba. Las raíces kayambi del exalcalde son fáciles de identificar por su sombrero y el cabello largo.
Mientras habla, señala un monumento de piedra cercano en honor a la líder indígena Tránsito Amaguaña, quien dedicó su vida a luchar por los derechos de los indígenas. También fue la fundadora de los primeros sindicatos agrícolas de Ecuador.
Las condiciones climáticas de los Andes, caracterizadas por un fértil suelo volcánico y la intensa luz solar, permiten que los tallos y las flores crezcan más en Cayambe.
“La exportación de flores impulsó la economía; ahora hay centros comerciales, cooperativas de crédito y la gente tiene trabajo. Pero, por el lado negativo, existe una disputa por el agua, problemas ambientales, división social, inseguridad y pérdida de cultura e identidad”, dice Churuchumbi. Luego se niega a que lo fotografiemos con su ropa deportiva de domingo y se pone algo más tradicional.
La situación actual favorece a la industria florícola, con filiales estatales, nuevas regulaciones de la UE que afectan a las flores africanas y una creciente demanda extranjera. Pero a Churuchumbi le preocupa que la fuerte dependencia de un solo cultivo pondrá en peligro el futuro de la región: “No digo que no deba haber flores, pero debe haber un equilibrio. Tenemos que centrarnos en diversificar la economía y no podemos apostar solo por las flores. Necesitamos más turismo, agricultura, ganadería y artesanía”, afirma.
La situación actual favorece a la industria florícola, con filiales estatales, nuevas regulaciones de la UE que afectan a las flores africanas y una creciente demanda extranjera

Con apoyo de la cooperación española, la Fundación Maquita tiene un proyecto en Cayambe donde apoya a mujeres para que tengan alternativas sostenibles para la floricultura.
"Estamos trabajando para que las compañeras tengan una alternativa, para que no opten por montar un invernadero de flores en sus chacras, sino que sus chacras se fortalezcan, el suelo y la materia orgánica se conserven, y tengan posibilidad de participación, toma de decisiones y de incidir para que esto de las flores no incremente", refiere José Erazo, coordinador del proyecto.
“Nos dimos cuenta que, a raíz de la pandemia, las flores en las fincas familiares incrementaron. Es una problemática porque la gente dejó de producir lo tradicional en el sistema de chacra andina y montaron invernaderos”, explica.
Erazo indica que buscan fomentar la diversificación agropecuaria frente a estas dinámicas de monocultivos a gran escala. De ese modo, también se diversifican los riesgos a los que los agricultores están expuestos. “Si hoy las habas que tiene la compañera están a un mal precio o les afectó alguna plaga, tiene tomate. Si no tiene tomate, tiene cebolla. Si no, lechugas”, señala.
También está el abandono de las chacras. Las personas, por ir a trabajar en las flores, las dejan a un lado, pero Fundación Maquita advierte que la producción de flores no es una actividad sostenible. Han visto que el cultivo de flore saliniza y degrada el suelo, y que, aunque este se suplemente con materia orgánica, el invernadero termina su ciclo de vida útil.
En la finca de Patricia y Milton están buscando resolver el problema de abastecimiento de agua que afecta su producción. Mientras el agua sale a borbotones del grifo, Milton cuenta las horas de corte de riego que enfrentarán esa semana: tres interrupciones de doce horas cada una para mantener vivas sus rosas. Solo las grandes plantaciones valle abajo extraen agua de los mismos canales menguantes y tienen acceso al agua que quieran.
“El agua lo define todo: cuánto durarán los cultivos, cuántos animales sobreviven, cómo sobreviven comunidades enteras en las laderas", dice Milton, describiendo una dependencia que no se resolverá solo con la diversificación de cultivos.
Mientras el arcoíris gigante se desvanece sobre los invernaderos, el agua de la lluvia discurre y sigue su camino, cada vez más disputada entre las rosas y quienes viven de lo que producen estas tierras.
Este artículo fue publicado por Ojo Público en junio de 2026

