'Conocimiento indígena, el más eficaz para cuidar ecosistemas'
Un estudio concluyó que los pueblos ancestrales protegen cerca del 80% de la biodiversidad remanente, pero reciben menos del 1% del financiamiento climático
La organización Conservación Internacional (CI) realizó un estudio en seis continentes. Determinó que las prácticas culturales ancestrales con respecto a la naturaleza son fundamentales para cuidarla.
“Los territorios indígenas protegen el clima y la vida silvestre a una escala que pocos otros lugares alcanzan”, afirmó Sushma Shrestha, directora de ciencia indígena de CI y autora principal del estudio.
Los hallazgos fueron publicados en la revista científica Humanities and Social Sciences Communications.
Otro dato importante es que las comunidades ancestrales “con frecuencia almacenan más carbono y albergan más especies que las áreas protegidas por los gobiernos nacionales”.
Shrestha afirmó que el estudio va más allá de los datos para entender cómo las prácticas culturales y los conocimientos indígenas contribuyen directamente a esos resultados.
“El alto almacenamiento de carbono y la biodiversidad presentes en estos territorios no son casualidad. Existen gracias a la presencia continua de los pueblos indígenas, no a pesar de ella": Sushma Shrestha
En abril de 2026 se realizó el 25º período de sesiones del Foro Permanente de las Naciones Unidas para las Cuestiones Indígenas, en Nueva York.
El informe final destaca esta paradoja: los pueblos indígenas, que representan el 6% de la población mundial, protegen cerca del 80% de la biodiversidad remanente del planeta, pero reciben menos del 1% del financiamiento climático internacional.
Realidades comunes en la Tierra
El estudio de CI se realizó con pueblos indígenas de 43 comunidades. Describe las múltiples formas en que estas comunidades cuidan sus territorios mediante prácticas tradicionales sustentadas en la observación de la naturaleza y en vínculos con los lugares que habitan.
Hay tres hallazgos clave: el primero, 100% de las personas indígenas entrevistadas observó cambios en el clima y las condiciones meteorológicas de sus territorios. Las sequías y los eventos climáticos extremos fueron los impactos más frecuentes.
El segundo es que el 96% señaló que sus comunidades han reservado tierras o aguas para usos sagrados o culturales, que sirven de hábitat para la fauna y de refugio para bosques primarios.
El tercero, que el 61% reportó impactos directos de industrias extractivas, como la minería, la tala, la agricultura comercial y el desarrollo de infraestructura.
La investigación recogió abundantes ejemplos de prácticas indígenas destacadas:
En Ecuador, las comunidades Kichwas restringen la caza de hembras de tapir, jaguar y otras especies para evitar la disminución de sus poblaciones.
En Papúa Nueva Guinea, la tribu Waka impone tabúes sobre el uso del pasto kunai para techar viviendas en ciertas épocas del año, lo que permite su regeneración.
En Kenia, los ancianos Pokot se reúnen en una asamblea tradicional conocida como Kokwo para decidir sobre el uso de la tierra, guiados por relatos y cantos que transmiten conocimientos ecológicos a las nuevas generaciones.
En Indonesia, las familias Batak Toba prohíben desmontar tierras cerca de los ríos para prevenir la erosión y proteger las fuentes de agua dulce.
En Brasil, el pueblo Mamoadate, en el Estado de Acre, conocido por su riqueza natural, protege árboles frutales silvestres y palmeras clave para la fauna local.

En Rusia, las comunidades Yukaghir prohíben el ruido excesivo y las perturbaciones cerca de los ríos durante la temporada de desove del salmón.
En México, las comunidades Zapotecas designan comités para monitorear el territorio y brigadas para combatir incendios forestales.
Necesidad de financiamiento
A pesar del papel fundamental que los pueblos indígenas desempeñan en la conservación de ecosistemas saludables, sus territorios enfrentan amenazas cada vez mayores y cuentan con poco financiamiento.
Según el estudio, entre 2018 y 2024 los territorios indígenas perdieron 2.000 millones de toneladas métricas de carbono irrecuperable, equivalente a las emisiones anuales de aproximadamente 1,7 millones de automóviles de gasolina.
El carbono irrecuperable se refiere a las reservas almacenadas en ecosistemas naturales que, si se liberan por actividades humanas como las descritas, no pueden recuperarse en escalas de tiempo relevantes para frenar el cambio climático.
La pérdida fue a consecuencia de la minería, la expansión agrícola, los incendios y otras presiones. Cerca del 61% de las personas indígenas entrevistadas reportaron impactos directos de industrias extractivas y proyectos de infraestructura.
Organizaciones internacionales han comentado consensuadamente sobre la creciente necesidad de financiar la conservación liderada por comunidades indígenas.
La Coordinadora de Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica (Coica) ha denunciado, sin embargo, que hasta un 40 % de los fondos para biodiversidad se pierden en burocracia antes de llegar a las comunidades.
El estudio tuvo el apoyo del Ministerio de Economía y Finanzas de Francia y el Fondo Francés para el Medio Ambiente Mundial (FFEM).
Las reacciones al informe muestran apoyo amplio, pero también la urgencia de traducir estos hallazgos en políticas públicas y financiamiento real.
Menos degradación en la Amazonía
El estudio coincide con un hallazgo de Observatorio Regional Amazónico (ORA) divulgado por la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA) a fines de marzo de 2026: el área de bosque impactada por la deforestación y la degradación en la Amazonía se redujo 60% entre 2024 y 2025.
La OTCA es una organización intergubernamental que reúne a los ocho países amazónicos: Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Surinam y Venezuela, a través del Tratado de Cooperación Amazónica (TCA), que busca fortalecer la cooperación regional y promover el desarrollo sostenible de la Amazonía y el bienestar de sus pueblos.
En 2025, se registraron poco más de 25 mil km² afectados, frente a los aproximadamente 64 mil km² observados el año anterior. Los datos se basan en información del programa europeo Copernicus, a través del Joint Research Centre (JRC), y están disponibles en mapas y gráficos en la plataforma del ORA.
Mientras que la degradación forestal se caracteriza por el empobrecimiento de la vegetación debido a factores como incendios y tala selectiva, la deforestación corresponde a la eliminación de la cobertura vegetal.
Arnaldo Carneiro, coordinador del ORA, explicó que en 2024, la región enfrentó una de las sequías más severas de los últimos tiempos, por la combinación de El Niño y el calentamiento del Atlántico Norte. Esto favoreció la propagación de incendios forestales y aumentó la degradación de la cobertura vegetal en 2024.
En 2025, en cambio, condiciones climáticas menos extremas, combinadas con el fortalecimiento de las acciones de comando y control, fiscalización y combate a actividades ilegales en los países amazónicos, contribuyeron a la reducción observada, dijo el funcionario,
Pese a los avances, persisten presiones estructurales. “La expansión de la ganadería y la minería ilegal siguen siendo algunos de los principales vectores asociados a la deforestación y la degradación en la Amazonía, y el cambio climático agrava este proceso”, afirmó Carneiro.

Entre los análisis realizados del ORA, destaca el enfoque específico en los Territorios Indígenas y las Áreas Naturales Protegidas, ampliamente reconocidos como fundamentales para la conservación de los bosques en la región.
Desempeñan un papel clave en el mantenimiento de la cobertura vegetal, la protección de la biodiversidad y la regulación del clima, actuando en muchos casos como barreras frente a la expansión de la deforestación. Al mismo tiempo,no están exentas de las crecientes presiones sobre la Amazonía.

En 2024, una sequía severa impulsó incendios forestales y agravó la deforestación y la degradación de la vegetación; en 2025, el área deforestada cayó un 68% y la degradada un 48%.
