Quito tras la planta compostera con más capacidad de la región
Tendrá capacidad para procesar 1.800 toneladas de basura mensuales que hoy se entierran. Su eficiencia depende de que la ciudadanía separe lo que bota.
La Capital tiene una nueva apuesta para transformar la basura en recurso. La que pretende ser la más grande planta de compostaje de la región está en construcción.
Si la planta llega a operar a máxima capacidad, se procesarán 1.800 toneladas de residuos biodegradables cada mes, lo cual reducirá de una manera importante la emisión de gases de efecto invernadero.
Esa operación evitará durante ese período entre 360 y 720 toneladas de CO₂ equivalente, equivalente a recorrer en automóvil entre 2,4 y 6 millones de kilómetros.
Dicho de otra forma: cada mes, la ciudad se pueden ahorrar emisiones comparables a miles de viajes Quito-Guayaquil de ida y vuelta, un impacto tangible en la lucha contra el cambio climático.
Si bien este resultado se conseguirá cuando la planta opere a la máxima capacidad, ya se realizan las gestiones para recolectar todos los residuos orgánicos que sea posible, destacó Verónica Pérez, coordinadora Ambiental de la Empresa Pública Metropolitana de Gestión Integral de Residuos Sólidos (Emgirs EP).
Los efectos se ampliarán en varios sentidos: se aliviará la presión sobre los botaderos de basura, se gestionará apropiadamente los residuos orgánicos y se cumplirá el ciclo de la economía circular.
El proyecto significará una inversión de USD 1,1 millones, con una capacidad para procesar 60 toneladas diarias de residuos orgánicos (1.800 al mes).
La planta está ubicada en el Estación de transferencia sur, lugar al que va buena parte de los desechos de la ciudad y donde se hace una primera separación.
Una caracterización realizada en 2024 reveló que aproximadamente el 50,48 % de esos residuos son orgánicos. Es decir, la mitad de lo que desecha la capital podría convertirse en abono.

Iniciativas importantes en un país desigual
La nueva planta de procesamiento de residuos no nace en el vacío. Cuenca lleva años siendo la referencia nacional en esta materia.
En 2008, la Empresa Pública Municipal de Aseo de Cuenca (EMAC EP) implementó su Planta de Compostaje con apoyo de la Unión Europea. Aprovecha residuos de seis mercados de la ciudad y restos de áreas verdes.
Mensualmente se procesan 412 toneladas de residuos orgánicos para producir compost y humus. Esta práctica le valió un reconocimiento de la Asociación de Municipalidades del Ecuador.
En el ámbito privado, la experiencia ecuatoriana es más escasa y dispersa. Sin embargo, se debe mencionar, por ejemplo, una planta de reciclaje de escombros la Holcim Ecuador en alianza con la empresa Sustainabuild y el municipio local.
Cabe señalar que el abono y el biol que se obtengan del compostaje servirán para los sectores productivos de la ciudad y, en el futuro, se destinarán a la venta abierta.
El sur global composta poco, pero aprende
El contraste regional es revelador. São Paulo, en Brasil, estableció cuatro plantas de compostaje adicionales desde 2016, y cuenta con una capacidad total para tratar 1.250 toneladas de residuos orgánicos por mes.
Buenos Aires, capital argentina, mientras tanto, cuenta con más de 8.000 metros cuadrados dedicados a la valorización de casi 600 toneladas mensuales de restos verdes provenientes de parques y plazas.
El Mercado Central bonaerense, por su parte, en 2024 recuperó 1.400 toneladas de residuos orgánicos para compost, obteniendo 600 toneladas de abono maduro y estable.
Con todo, la región enfrenta un déficit estructural. En 2021, en América Latina y el Caribe se generaron 230 millones de toneladas de residuos sólidos, de los cuales no se gestionó adecuadamente el 50%.

Una urgencia ambiental
Según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), si la gestión de residuos orgánicos se realiza adecuadamente, a través del compostaje o la biodigestión, es posible reducir las emisiones del sector residuos en aproximadamente un 70%.
La razón es química: el material orgánico en un relleno sanitario produce metano, mientras que el compostaje es aeróbico y emite dióxido de carbono, con un menor potencial de gas invernadero.
Además, el uso de compost en la agricultura aumenta la captura de carbono y disminuye la necesidad de riego hasta en un 70%.
La recolección diferenciada de los residuos orgánicos y el compostaje pueden reducir las emisiones de metano en una media del 95%, dado que la fuente principal de emisiones los vertederos.
Quito lo sabe. Su huella de carbono supera los 6,7 millones de toneladas de dióxido de carbono, y la ciudad experimenta con mayor intensidad los efectos del cambio climático: sequías prolongadas y lluvias más intensas.
La planta de compostaje, con toda su modestia frente a esa escala, apunta en la dirección correcta.
El problema —como siempre en el reciclaje urbano— es que el sistema depende de que la ciudadanía separe lo que bota. Y esa tarea sigue siendo, en Quito como en el resto de la región, la deuda pendiente.

