Josselyn Vega, entre los pioneros agroalimentarios del mundo
Josselyn Vega Rojas, lideresa de Cotopaxi, fue reconocida por la Fundación del Premio Mundial de la Alimentación, entre los 40 pioneros agroalimentarios de 2026
En la comunidad de San Isidro, en el cantón Pujilí, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, las montañas andinas marcan el horizonte y el páramo resguarda una de las riquezas más valiosas para sus habitantes: el agua.
Allí, entre cultivos de hortalizas, granos, legumbres y plantas medicinales, Josselyn Verónica Vega Rojas ha construido una vida dedicada a la agroecología, la organización comunitaria y la defensa de los territorios rurales.
Hoy, ese trabajo silencioso que durante años ha acompañado a agricultores, mujeres rurales y comunidades indígenas de Cotopaxi acaba de recibir una distinción internacional.
La Fundación del Premio Mundial de la Alimentación la incluyó entre los 40 principales pioneros agroalimentarios de 2026, una selección especial creada para conmemorar los 40 años de uno de los reconocimientos más importantes del mundo, en materia de alimentación y agricultura.
La noticia tomó por sorpresa a la propia Josselyn. Ella es una de las personas reconocidas, entre los galardonados de 30 países.
“Para mí fue una sorpresa. Cuando enviamos la postulación con los compañeros de Heifer Ecuador lo hicimos para que se conozca una historia desde Ecuador, contada desde el territorio, desde Cotopaxi. Cuando me avisaron que había sido seleccionada sentí mucha felicidad”, cuenta.
En medio de esa alegría y regocijo, sostiene que no entiende el reconocimiento solo como un logro individual.
“Este reconocimiento no es mío solamente. Es el esfuerzo de muchas personas, especialmente de mi familia, de mi organización y de todas las compañeras que estamos trabajando en diferentes cantones de la provincia. Me siento muy feliz de poder representar a Cotopaxi, a mi asociación y a mi familia”.

Una historia que nació en el campo
Josselyn tiene 30 años. Es integrante del pueblo Kichwa Panzaleo, licenciada en Gestión para el Desarrollo Sostenible y actualmente cursa una maestría en Desarrollo Local.
En su formación académica universitaria ha sido fundamental el apoyo del Movimiento Indígena y Campesino de Cotopaxi (MICC).
Su historia está marcada por las dificultades que enfrentan muchas familias campesinas ecuatorianas. Creció junto a su madre Nancy Rojas y su hermano Robinson Vega, después de que su padre abandonara el hogar cuando ella era todavía muy pequeña.
“Mi mami siempre nos enseñó que la gente del campo merece otra calidad de vida, pero sin descuidar nuestras raíces, nuestra cultura y sin hacer daño a la tierra”, recuerda.
Estudió en una pequeña escuela comunitaria bilingüe de su territorio (Escuela José Isidro Allauca, que fue cerrada en enero del 2015) y más tarde tuvo que trasladarse a la ciudad, para continuar su formación. El cambio no fue fácil.
“Salir del campo para estudiar en la ciudad fue duro. Había mucho menosprecio hacia la gente campesina. Pero esas experiencias también me hicieron entender que debíamos trabajar para que las comunidades tengan más oportunidades”.
Esa convicción la llevó a involucrarse desde los 14 años en procesos comunitarios y organizativos, un camino que con el tiempo la convertiría en una de las principales referentes de la agroecología en la provincia.
La comunidad donde nace el “agüita”
Cuando habla de San Isidro, su voz se empodera. Josselyn habla con orgullo de la comunidad donde nació y de los procesos históricos que permitieron a las familias indígenas acceder a la tierra.
“Nuestra comunidad ha sido una escuelita de aprendizaje. Venimos de procesos de lucha que comenzaron con nuestros abuelos en las haciendas. Gracias a eso hoy tenemos tierra y también cuidamos algo que para nosotros es sagrado: el páramo, donde nace el agüita”.
La comunidad está integrada por alrededor de 550 personas y mantiene una fuerte tradición organizativa. En 2020, San Isidro fue declarada como Área de Protección Hídrica de Cotopaxi.
“Somos bendecidos por nuestras tierras fértiles, por el agua de riego y por la capacidad de la gente para organizarse, hacer agricultura campesina y sacar adelante sus emprendimientos”.
Josselyn también destaca su participación en la coordinación del Colectivo Agroecológico del Ecuador. "Allí estamos con diferentes actividades desde los procesos agroecológicos de Comercio Justo, de transformación, defendiendo los derechos colectivos, capacitando, formando más redes de apoyo entre cada uno de nuestros hermanos del Ecuador".
La agroecología como forma de vida
En San Isidro funciona la Finca Agroecológica Kay Pacha, el proyecto familiar que Josselyn lidera junto a su esposo, Milton Guamán. A veces también se involucran sus hijos Perla y Fernando.
La granja produce hortalizas, legumbres, maíz, fréjol, arveja, miel de abeja, infusiones medicinales, harinas y otros productos transformados. También crían gallinas, cuyes, conejos y otros pequeños animales.
Sin embargo, para ella la agroecología va mucho más allá de una forma de producción. “Para mí la agroecología es vida”, afirma.
“Es una herramienta necesaria para enfrentar el cambio climático, pero también una manera de cuidar a nuestras familias, a nuestros consumidores y a la tierra. Nos permite producir alimentos sanos y construir una forma diferente de relacionarnos con la naturaleza”.
Josselyn considera que la agroecología también tiene una dimensión social y política.
“Implica defender derechos, fortalecer políticas públicas y demostrar que existen alternativas para las comunidades rurales”.

De ocho mujeres a una red de 120 productores
Su liderazgo se extiende mucho más allá de su finca.
Josselyn forma parte de la Asociación de Productores Agroecológicos de Cotopaxi, una organización que comenzó con apenas ocho mujeres agricultoras y que hoy reúne a cerca de 120 productores de los cantones Pujilí, Latacunga, Salcedo, Pangua y La Maná.
La gran mayoría son mujeres.
“Hicimos un recuento hace poco y tenemos apenas cinco compañeros hombres en la organización”, dice entre risas Josselyn.
Junto a sus compañeras impulsó la creación de la feria agroecológica De la Mata a la Olla, en Latacunga (se realiza los días lunes y jueves), que se ha convertido en uno de los mercados más importantes de la provincia para la comercialización de productos cultivados de manera sostenible.
Lo que comenzó como un espacio de venta de alimentos frescos hoy reúne también emprendimientos de transformación de alimentos, artesanías, tejidos y productos con valor agregado y comercio justo.
Además, cerca del 70% de los integrantes de la organización se han formado como promotores en agroecología, salud y nutrición, gastronomía, atención al cliente y finanzas solidarias.
Sembrar resiliencia frente al cambio climático
Uno de los aspectos que más valoró la Fundación del Premio Mundial de la Alimentación fue el trabajo de la organización para enfrentar los efectos del cambio climático.
Las lluvias impredecibles, las sequías y las heladas están alterando los ciclos agrícolas tradicionales de la Sierra ecuatoriana.
Hace poco, una intensa helada destruyó cultivos que estaban listos para la cosecha, provocando importantes pérdidas económicas para numerosas familias.
Frente a esta realidad, la Asociación impulsó junto a Heifer Ecuador un fondo de ahorro comunitario, que permite a las mujeres agricultoras acceder a pequeños préstamos para comprar semillas, herramientas e insumos productivos.
La iniciativa ha fortalecido la autonomía económica de las productoras y ha permitido que muchas familias enfrenten mejor los momentos de crisis.
Un reconocimiento para las mujeres rurales
La Fundación del Premio Mundial de la Alimentación destacó a Josselyn Vega por integrar conocimiento indígena, agroecología y liderazgo comunitario en la construcción de sistemas alimentarios sostenibles.
Sin embargo, ella prefiere mirar el reconocimiento como una responsabilidad.
“Estos espacios me enseñan a asumir más humildad. Ahora siento que tengo una responsabilidad social más grande”.
Entre sus sueños está fortalecer la Granja Kay Pacha, convertir a la feria De la Mata a la Olla en un referente nacional e internacional, y demostrar a las nuevas generaciones que la agricultura puede ser una oportunidad de vida.
“A veces los jóvenes piensan en migrar porque creen que en el campo no hay futuro. Yo creo que sí hay posibilidades, pero tenemos que hacer las cosas de otra manera y demostrar que otra agricultura es posible”.
También espera que su historia sirva de inspiración para otras mujeres.
“Es bonito que el nombre de una mujer rural suene y esté en algún lado. Yo quisiera que muchas más compañeras puedan formarse, liderar procesos y salir adelante”.
En octubre, en el marco del Día Mundial de la Alimentación, recibirá su reconocimiento como Pionera de la Agroalimentación en el Mundo.

