Ecuador sí tiene oportunidades frente a la 'bancarrota hídrica'
El país tiene ventajas relativas y vulnerabilidades concretas ante el diagnóstico de la ONU sobre la incapacidad social y natural de garantizar agua limpia y suficiente.
Por Álvaro Samaniego
Ni el “estrés hídrico” ni la “crisis hídrica” son conceptos que alcanzan a describir lo que sucede en realidad con ciertos lugares del mundo. Es una bancarrota. Sin embargo, hay evidencias de que el trabajo local bien hecho puede revertir la tendencia.
El centro de estudios de la ONU sobre los recursos hídricos considera que la humanidad está consumiendo más de lo que tiene el planeta y que está agotando inclusive las reservas.
Pero Bert De Bièvre, secretario técnico del Fondo para la Protección del Agua (Fonag) cree que es un error hablar de “bancarrota” en términos generales. Cree que las afirmaciones deben hacerse en términos locales.
Según el citado estudio, Ecuador está entre los casos en los que todavía se puede hablar de abundancia, pero no es posible desligarlo de la alarma del riesgo. Hay, pero podría no haber más.
La declaración de la ONU sacudió a la comunidad científica y a diplomáticos a inicios de 2026 y es el tema que dominará las discusiones de la Cumbre del Agua, agendada para diciembre de este año.
Según los datos científicos, referirse a “la era de bancarrota hídrica" no “es una metáfora retórica" sino un diagnóstico sobre la incapacidad de los sistemas sociales y naturales para garantizar agua limpia y suficiente para miles de millones de personas.
Tres son las razones: demanda creciente, degradación de fuentes y fallas de gobernanza. Ello produce falta de disponibilidad y mala calidad del agua.
¿Cómo llegamos hasta aquí?
El crecimiento de la población, para comenzar, ha motivado la urbanización acelerada y modelos agrícolas intensivos. Este modelo de crecimiento ha provocado que se supere la capacidad de reposición en muchas cuencas.
El cambio climático tiene su parte, pues ha alterado patrones de precipitación y reducido la masa de glaciares que regulan caudales estacionales.
Se suma la contaminación del recurso: descargas urbanas sin tratar, agroquímicos y pasivos de la minería que ha degradado la calidad del agua y reducido el volumen utilizable.
Los últimos dos factores son la gobernanza fragmentada y la falta de inversión sostenida, que han impedido transformar recursos en servicios: redes con pérdidas, plantas de tratamiento insuficientes y marcos regulatorios débiles completan el cuadro.

Señales claras de la 'bancarrota'
El retroceso del glaciar es grave, pues afecta el caudal base que sostiene ríos en la estación seca. Desde 1985 hay una pérdida de alrededor de la mitad en Ecuador.
En muchas zonas del mundo hay un aumento de episodios de escasez urbana, caracterizado por cortes, racionamientos y dependencia de reparto en camiones.
Así también, ríos y acuíferos con niveles de contaminantes que obligan a tratamientos costosos o los hacen no aptos para consumo.
Se suma el impacto de las pérdidas en redes y baja eficiencia, con altos porcentajes de agua no facturada por fugas o medición deficiente.
Aún más, hay tensiones entre agricultura, minería, industria, inteligencia artificial y comunidades por el acceso y la calidad del recurso.
Otras causas del estrés hídrico son muy visibles: la contaminación por actividades extractivas y las descargas urbanas, las pérdidas en redes urbanas y la desigual distribución entre regiones.
Lo urgente y lo importante
Está claro que en un estado de bancarrota no se puede mitigar, mejorar o sanar. Se debe comenzar desde el principio, con ciertas medidas importantes y urgentes.
Una de ellas es pensar en un financiamiento escalable y condicionado, cuyos instrumentos combinen concesionalidad y capital privado para infraestructura y conservación, con criterios claros de transparencia y equidad.
Aunque suene repetitivo, son fundamentales programas masivos de conservación y restauración de páramos, humedales y bosques ribereños, con mecanismos de pago por servicios ecosistémicos.
Igualmente, una gobernanza con marcos legales que obliguen a planificación intersectorial (agua, energía y alimentos, por ejemplo) y participación comunitaria.

Ecuador: no tan mal, todavía
El país es un caso paradigmático de ventaja relativa con vulnerabilidades concretas. En términos agregados, el país dispone de recursos hídricos importantes, pero esa abundancia no se traduce en seguridad hídrica.
“La variabilidad espacial es enorme en ese tema. Quizás aplica para ciertas regiones, cuencas o áreas, pero no para el planeta entero”, afirma De Bièvre.
Las señales que preocupan son conocidas, y una que aparece mucho en la literatura es el retroceso de glaciares andinos.
“Eso me preocupa mucho como hidrólogo, de que me sesga los análisis de la problemática y la formulación de solución hacia esas cosas más visibles”.
Sin embargo, hay un trabajo muy importante en los páramos. El cuidado de las zonas altas de las montañas ahora tiene aportes oficiales, privados, de la academia y de las ONG.
Esto, en la línea de una nueva concepción, que plantea ralentizar el ciclo del agua. “Hay muchos mecanismos con los que se puede hacer que el ciclo del agua vaya más lento”.
“La naturaleza, los espacios naturales lo hacen más lento. Un reservorio artificial también, almacenar en el hielo también”, agregó.
Pero, a condición de que los recursos obtenidos se reviertan a conservación, mitigación, adaptación y a un impacto neto positivo. La “era de la bancarrota hídrica” es una llamada a reconfigurar prioridades.
A ir hacia la protección de fuentes, cambiar modelos de uso y construir gobernanza que distribuya riesgos y beneficios con elementos básicos para iniciar una estrategia de largo plazo.
La Cumbre de diciembre 2026 será una prueba de voluntad política. El director técnico de Fonag cree más en las redes locales y en el trabajo.
Para países como Ecuador, la pregunta es si la ventaja natural se convertirá en un activo gestionado con justicia y visión de largo plazo, o si se seguirá viendo cómo la abundancia aparente se erosiona por la mala gestión y la desigualdad.

