El Mundial más contaminante arranca en América del Norte
La dispersión geográfica y el aumento de equipos y partidos minimizan las acciones sostenibles. La FIFA proyecta el mayor beneficio económico de la historia.
Por Álvaro Samaniego
El pitazo inicial del Mundial de Fútbol 2026 sonará el 11 de junio en el Estadio Azteca de Ciudad de México. Pero antes de que el balón ruede, ya hay un marcador respaldado en pronósticos científicos.
Según el consorcio formado por Scientists for Global Responsibility (SGR), Environmental Defense Fund, Cool Down y New Weather Institute, este será el torneo más contaminante en los 95 años de historia del fútbol mundial.
Se prevé una huella estimada de 9,02 millones de toneladas de CO₂ equivalente (e). Para ponerlo en perspectiva: es lo que emiten casi 6,5 millones de automóviles en un año.
O, dicho de otro modo, lo que Kansas City, con 2,2 millones de habitantes, tarda cuatro meses en generar. Esa ciudad será la sede del segundo partido de Ecuador, ante Curazao, el 20 de junio.
Quién contamina y cuánto
El número total no es lo más revelador. Lo es su desglose. Los viajes aéreos representarán aproximadamente 7,7 millones de toneladas de CO₂ (e), alrededor del 85% del torneo.
Es un salto sin precedentes: las emisiones por aviación serán entre un 160% y un 325% superiores a las de cualquier Mundial del período comprendido entre 2010 y 2022, cuyo promedio histórico fue de 4,71 millones de toneladas por edición.
Antes de 2010 no se medía la huella. El Mundial 2002, en Japón y Corea, fue pródigo en desplazamientos aéreos, y estudios posteriores estimaron que los viajes de los 32 equipos sumaron más de 31,000 km y generaron 170 toneladas de CO2.
La causa hoy es estructural: 48 equipos y 104 partidos —frente a los 32 y 64 de ediciones anteriores—, y sedes distribuidas entre Ciudad de México y Vancouver, pasando por Miami, Dallas, Houston, Seattle, Los Ángeles y Nueva York.
Con una red ferroviaria de alta velocidad prácticamente inexistente, el avión no es una evitabilidad. Un hincha inglés que siga a su equipo desde la fase de grupos hasta una hipotética final generaría alrededor de 3,5 toneladas de CO₂ (e), el equivalente a calentar su casa durante 19 meses.
Un seguidor de Sudáfrica podría acumular en 39 días hasta 5,9 toneladas solo en vuelos, cifra que supera la huella de carbono promedio de todo el año de un ciudadano sudafricano.
El resto de emisiones proviene de las operaciones en estadios y servicios auxiliares (1,3 millones de toneladas). La construcción de nueva infraestructura, al usarse recintos existentes, tiene impacto cero. Es una ventaja frente a Arabia Saudita 2034, donde la edificación de estadios sumará millones de toneladas.
Promesa incumplida en Qatar
Para entender lo que se avecina, es indispensable mirar atrás. Qatar 2022 fue presentado por la FIFA como el primer Mundial "carbono neutral" de la historia. Esa promesa se derrumbó con rapidez.
El Comité Organizador de Qatar estimó oficialmente 3,6 millones de toneladas de CO₂ (e). Sin embargo, investigaciones independientes calcularon que la cifra real era hasta tres veces mayor, cercana a los 10 millones de toneladas.
Las metodologías oficiales ignoraban fuentes de emisión significativas, y los créditos de carbono adquiridos para compensar las emisiones reconocidas tenían, según los expertos, una baja integridad ambiental.
Para remate, la FIFA retiró menos de 1,1 millones de créditos de carbono, ni siquiera un tercio de su propia estimación de 3,6 millones.
El desenlace fue institucional: la Comisión Suiza de Equidad en Publicidad (SLK) acogió las denuncias presentadas contra la FIFA y le recomendó formalmente abstenerse de hacer afirmaciones no respaldadas sobre neutralidad climática.
El patrón se repite en 2026. La evaluación de la candidatura de Estados Unidos, Canadá y México proyectó inicialmente 3,7 millones de toneladas. Ese cálculo fue elaborado para 80 partidos, no para los 104 que finalmente tendrá el torneo.
La brecha entre la estimación oficial y la proyección científica independiente vuelve a ser abismal, y vuelve a beneficiar a la FIFA en su narrativa pública pese a sus compromisos climáticos incumplidos.
En la COP26 de 2021, ofreció reducir sus emisiones en 50% para 2030 y alcanzar la neutralidad de carbono para 2040. Tres años después, solo había completado dos de las 18 acciones comprometidas, dos avanzaban de forma limitada y 14 no mostraban progreso visible. Y las cifras actuales y proyectadas lo evidencian.

Medidas reales, límites reales
Hay iniciativas concretas, aunque su alcance no guarda proporción con la escala del problema. El ejemplo más citado es el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta: primer estadio profesional de Estados Unidos con certificación LEED Platinum.
La electricidad depende de más de 4.000 paneles solares que generan energía suficiente para nueve partidos de la NFL.
Tiene una cisterna subterránea de más de 7,5 millones de litros de agua de lluvia reutilizada para enfriamiento y riego.
Ha desarrollado un sistema de gestión de residuos que desvía prácticamente el 100% de la basura generada de los vertederos.
Houston, por su parte, se comprometió a abastecer con electricidad 100% renovable los principales sitios oficiales del torneo.
En materia de infraestructura verde, ocho de los 16 estadios reemplazarán el césped artificial por césped natural híbrido.
Este cambio sirve para capturar carbono, mejora la biodiversidad y reduce el efecto de isla de calor urbano.
La FIFA y la Secretaría de Medio Ambiente de México lanzaron la iniciativa "Gol por el Ambiente", orientada a la economía circular con énfasis en residuos plásticos y textiles.
El Seattle's Lumen Field desvía entre el 90% y el 95% de sus residuos del vertedero mediante reciclaje y compostaje.
Hay una paradoja llamativa: mientras el de Atlanta opera con paneles solares, los estadios de Dallas y Houston dependerán de techos retráctiles cerrados y sistemas de aire acondicionado masivos para proteger del calor a 100.000 espectadores por partido.
El mecanismo de refrigeración industrial se alimentará mayoritariamente de una red eléctrica dependiente de gas natural y carbón. El cambio climático obliga a consumir más energía fósil para combatir el calor que ese mismo consumo genera.
Pero lo que ninguna medida puede resolver es el problema central: la dispersión geográfica del torneo.
El informe SGR es directo en sus recomendaciones: revertir la expansión del torneo, reducir los requisitos mínimos de capacidad de estadios y establecer estándares ambientales vinculantes —no voluntarios— para los países sede.
Además,propone poner fin a los acuerdos comerciales con empresas de alta contaminación como Aramco. Ninguna recomendación ha sido acogida por la FIFA.
El horizonte no es más alentador. El mismo consorcio científico proyecta que el Mundial de 2030, liderado por España, generará más de 6 millones de toneladas de CO₂ equivalente. Y el de Arabia Saudita 2034 superará los 8,5 millones.
La expansión a 48 equipos es el factor multiplicador que ninguna estrategia de sostenibilidad, por bien intencionada que sea, puede absorber. Poco cambiará mientras el modelo de crecimiento comercial de la FIFA siga.
La organización proyecta ingresos récord de USD 13,000 millones para su ciclo 2023-2026, de los cuales unos USD 8,900 millones corresponden al Mundial 2026, el de mayores beneficios económicos de la historia.
