Los hongos reunieron en Quito a unos 430 expertos de 24 países
En el XII Congreso Latinoamericano de Micología se analizó el potencial de los hongos, sus beneficios y los desafíos para su investigación y conservación.
Unos champiñones que crecen en el Chaco paraguayo y que son consumidos por comunidades menonitas cuentan una historia que va mucho más allá de un plato de comida. Son parte de un estudio científico que busca conocer su identidad, sus propiedades nutricionales y su potencial de aprovechamiento sostenible.
También son una muestra de algo que se repitió durante cuatro días en Quito: detrás de los hongos que vemos —y de muchos que ni siquiera conocemos— existe un mundo de biodiversidad, ciencia y posibilidades todavía por explorar.
Ese mundo reunió a 438 personas de 24 países de América, Europa y África durante el XII Congreso Latinoamericano de Micología, realizado del 1 al 4 de septiembre de 2026, en Quito. Investigadores, académicos, estudiantes y especialistas intercambiaron conocimientos sobre conservación, agricultura, alimentación, medicina e industria.
Pero el encuentro también dejó una advertencia: conocer el potencial de los hongos no será suficiente, si los ecosistemas que los albergan continúan desapareciendo.
El estudio sobre los llamados “champiñones chaqueños” fue uno de los trabajos expuestos durante el Congreso. Yanine Maubet, docente técnica de la Universidad Nacional de Asunción, participó en esta investigación que combina evidencia taxonómica, molecular y nutricional, para estudiar los hongos consumidos por comunidades menonitas del Chaco paraguayo.
La investigación concluye que estas especies tienen potencial alimenticio y que su estudio puede aportar bases para su valorización, conservación y aprovechamiento sostenible. Es una pequeña historia dentro de un campo enorme: encontrar en un bosque una especie con potencial alimenticio, medicinal o industrial requiere primero saber qué especie es, dónde vive, con qué organismos se relaciona y cómo puede aprovecharse sin destruirla.
“Los hongos son unos seres que no son muy conocidos”, dice Yanine Maubet. Pero su desconocimiento contrasta con la cantidad de funciones que cumplen. Son, explica, “los recicladores del bosque” y pueden tener aplicaciones en la fabricación de papel, productos químicos, fármacos y alimentos.

Mucho por conocer y poco tiempo
En Ecuador, la magnitud de lo que todavía se desconoce es particularmente grande.
Darío Cruz, docente investigador de la Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL) y presidente de la Sociedad Ecuatoriana de Micología, estima que el país podría albergar unas 144.000 especies de hongos, pero que apenas entre el 3% y el 4% son conocidas.
La cifra da una idea de la dimensión del reto. Una parte enorme de la diversidad fúngica ecuatoriana todavía no ha sido identificada ni estudiada, y eso significa que también se desconoce buena parte de su potencial ecológico, alimenticio, medicinal o industrial.
Pero investigar requiere tiempo, especialistas, infraestructura y recursos. Y, mientras la ciencia avanza, la naturaleza cambia.
“La primera amenaza es la pérdida de hábitat”, señala Cruz.
Los hongos no existen de manera aislada. Forman redes con plantas, animales y otros organismos. Cuando un bosque desaparece, cuando una zona es transformada por actividades extractivas o cuando se pierde la diversidad de plantas y animales con los que interactúan, también se afecta la diversidad de hongos.
Por eso, para los investigadores reunidos en Quito, la conservación de la llamada funga debe dejar de ser un asunto secundario.
“En la conservación hablamos de las tres F: flora, fauna y funga”, explica Paúl Gamboa Trujillo, presidente de la Asociación Latinoamericana de Micología y docente de la Universidad Central del Ecuador.
Los hongos, recuerda Paúl Gamboa Trujillo, son los principales descomponedores de materia orgánica en la naturaleza. También están detrás de beneficios que la sociedad conoce desde hace mucho tiempo, como las levaduras y la penicilina, pero que son apenas una parte de todo lo que este reino puede ofrecer.

Conservar lo que todavía no conocemos
El problema tiene una paradoja: ¿cómo proteger una especie que todavía no ha sido identificada?
Maubet advierte que en Paraguay se están perdiendo especies que la ciencia aún no conoce. En el caso de los hongos, la falta de información agrava el desafío porque todavía existe un conocimiento limitado sobre la diversidad que habita los ecosistemas.
Las amenazas, explica, son similares a las que enfrentan plantas y animales: pérdida de hábitat y transformación de los ecosistemas. Por eso, conservar hongos no significa solamente proteger ejemplares o crear colecciones científicas. Significa también conservar los lugares donde viven.
En Paraguay, una de las respuestas está en investigar antes de aprovechar. Maubet participa en un proyecto de domesticación de hongos que busca identificar especies silvestres comestibles o con potencial nutracéutico y medicinal, estudiar sus propiedades y determinar si pueden ser cultivadas.
La idea es encontrar alternativas que provengan del bosque, pero que puedan convertirse en productos sin depender de la extracción permanente de las especies silvestres.
El desafío también está en la agricultura
Los hongos tienen además una relación ambivalente con los cultivos. Son indispensables para los ecosistemas, pero algunas especies pueden convertirse en amenazas para la producción agrícola.
Felipe Garcés, profesor titular principal de la Universidad Técnica de Manabí (UTM), trabaja desde la agronomía y advierte que el aumento de las temperaturas puede favorecer la aparición o expansión de enfermedades que antes tenían una presencia distinta.
En el cacao, por ejemplo, estudia una enfermedad que actualmente representa un problema para los productores.
El cambio climático no es el único desafío. También está la forma en que se produce.
Garcés observa una tendencia hacia la búsqueda de alternativas al uso intensivo de productos sintéticos. Aceites vegetales y microorganismos forman parte de las herramientas que se investigan para enfrentar enfermedades agrícolas y reducir el uso de agroquímicos.
Pero la transición tiene límites. En algunos cultivos, como el cacao, considera que existe espacio para avanzar hacia sistemas orgánicos. En otros, como el banano, enfermedades como la sigatoka negra, todavía hacen difícil prescindir de fungicidas sintéticos en muchas zonas.
La discusión, entonces, no es simplemente reemplazar un producto por otro. Es entender mejor las relaciones entre los hongos, los cultivos, el clima y la diversidad de los ecosistemas.

Los monocultivos también cuentan la historia
Paulette Goyes, estudiante de doctorado de la Universidad de Connecticut y fundadora de la Asociación Micófila del Ecuador, lleva esa discusión un paso más allá.
Los monocultivos, explica, reducen drásticamente la diversidad y pueden generar condiciones favorables para que ciertos hongos se conviertan en oportunistas y ataquen organismos vivos.
Para ella, el principio es sencillo: recuperar la diversidad.
“No podemos monopolizar las cosas”, plantea. Su crítica apunta a un modelo que muchas veces prioriza producir más antes que producir mejor.
Desde esa perspectiva, la micología termina siendo también una forma de mirar los problemas ambientales y productivos de otra manera. Los hongos muestran que los ecosistemas funcionan a través de relaciones: con las raíces de las plantas, con otros organismos y hasta con la microbiota humana.
“Los hongos nos sirven muchísimo para repensar el mundo”, dice Goyes.

De Quito hacia una agenda de conservación
La dimensión internacional del XII Congreso Latinoamericano de Micología permitió que esas preguntas no se quedaran en un solo país.
Entre los invitados estuvieron Giuliana Furci, micóloga de campo, exploradora de National Geographic y fundadora de Fungi Foundation, una organización dedicada a la conservación del reino fungi; Gregory M. Mueller, micólogo estadounidense y Científico Jefe Emérito del Chicago Botanic Garden; Dave Minter, micólogo británico y científico principal en CABI, entre otros.
Sus intervenciones abordaron la conservación de los hongos, su incorporación a políticas nacionales e internacionales y el uso de herramientas informáticas para generar evaluaciones de especies compatibles con la Lista Roja de la UICN.
Es una señal de que la conversación sobre los hongos está dejando de ser exclusivamente académica. El desafío ahora es conseguir que ese conocimiento llegue a las políticas públicas, a la conservación de los ecosistemas y a las decisiones sobre cómo se producen alimentos y se utilizan los recursos naturales.
Para Gamboa Trujillo, Ecuador está dando un paso importante. Que Quito haya sido sede, por primera vez, del Congreso Latinoamericano de Micología refleja, a su juicio, el crecimiento de la investigación en el país. Universidades que hace algunos años tenían pocos investigadores dedicados al tema ahora desarrollan estudios sobre hongos y sus aplicaciones.
Los 438 participantes que llegaron desde 24 países son otra señal de ese crecimiento.
Pero quizá la principal lección del encuentro sea menos espectacular y, al mismo tiempo, más urgente: no basta con descubrir para qué sirven los hongos si no se conservan los ecosistemas donde viven.
Ecuador, Paraguay y el resto de América Latina tienen todavía un enorme patrimonio fúngico por conocer. Algunos de sus posibles usos están en la alimentación, otros en la agricultura, la medicina o la industria. Muchos otros todavía son una incógnita.
Y en esa carrera entre investigar y perder biodiversidad, la ciencia tiene una tarea doble: ponerle nombre a lo que todavía desconocemos y ayudar a protegerlo antes de que sea demasiado tarde.
“Los hongos generan redes de interacción”, dice Cruz. Para él, esa puede ser también una lección para quienes los estudian: trabajar juntos, compartir conocimiento y construir redes para que la funga deje de ser la gran olvidada de la conservación.

