Cañari, la ballena jorobada que lleva el nombre de un pueblo
Ha sido avistada cuatro veces desde 2019 en la Reserva Cantagallo-Machalilla, el Chocó colombiano y la Península Antártica. Un relato de Alfredo Carrasco.
Los cañaris cuentan que, cuando el diluvio cubrió el mundo, dos hermanos se
salvaron en la cima del Huacayñán, un cerro que crecía a medida que subía el agua. Cuando las aguas bajaron, dos guacamayas con rostro de mujer les trajeron comida.
De esa alianza entre la tierra, el agua y el vuelo nació un pueblo que se extendería
desde los páramos de Cañar y Azuay hasta la selva de Morona y las orillas de El Oro, donde la cordillera baja a mojarse en el Pacífico.
Yo no pensaba en el diluvio aquella mañana del 8 de septiembre de 2019, frente a la Isla de la Plata, en la Reserva Marina Cantagallo-Machalilla. El mar de Manabí
estaba gris, del color del cielo. Entonces el agua se abrió y una ballena jorobada
levantó la cola hacia el cielo, como quien firma un documento antes de irse.

Disparé la cámara. En la pantalla quedó su aleta caudal: manchas blancas y negras, una cicatriz en el borde. Una firma que no se repite en ningún otro animal del océano.
Había que darle un nombre. Le puse Cañari, en honor a mi tierra de origen. Al fin y
al cabo, también ella venía de un diluvio: de las aguas heladas del sur, donde el mar se vuelve blanco y el krill brilla como polvo de estrellas.
Después, el silencio. Las ballenas no escriben cartas, y el océano es un archivo sin
índice. Pasaron tres años. Llegó una pandemia y el mundo se encerró, mientras ella seguía libre, sin saber nada de fronteras ni de mascarillas.

El 20 de agosto de 2022, en el Chocó colombiano, donde la selva se derrama en el
Pacífico, Margarita María Murillo fotografió una cola. La subió a Happywhale (el registro de Cañari en esa plataforma es el HW-MN1303339; Ndlr).
Un algoritmo comparó manchas y cicatrices con miles de colas guardadas, y en algún servidor del mundo apareció una línea: coincidencia. Era Cañari. Había nadado unos 8.700 kilómetros desde la Antártida para llegar allí.

Dos años más tarde, el 15 de diciembre de 2024, Michael Humphries la vio aparecer entre témpanos, cerca de Portal Point, en la Península Antártica, desde la cubierta del Greg Mortimer.

Y el 29 de diciembre de 2025, al sur de la isla Hermit (Península Antártica), el equipo de Ari Friedlaender la volvió a fotografiar, esta vez con la cola teñida de amarillo por las diatomeas (algas unicelulares del grupo del fitoplancton; Ndlr) del sur: la misma firma, con otro maquillaje. Cañari regresaba al hielo como quien vuelve a casa por Navidad.
Me pregunto qué sabe ella de nosotros. Quizá nada. Quizá solo que, cada cierto
tiempo, unos seres pequeños desde unos botes le apuntan con un ojo de vidrio. No
sabe que tiene nombre, ni que ese nombre es el de un pueblo que unió páramo, selva y costa, y que también miró este mismo océano desde sus orillas.
"No sabe que tiene nombre, ni que ese nombre es el de un pueblo que unió páramo, selva y costa, y que también miró este mismo océano desde sus orillas"
No sabe que, gracias a cuatro fotografías —una mía y tres de otras manos—, tomadas en lugares separados entre sí por cientos o miles de kilómetros, su vida ha dejado de ser un misterio completo para volverse un mapa a medias.
Pero yo sí lo sé. Y cada vez que llega una notificación con su nombre, siento algo
parecido a lo que habrán sentido aquellos hermanos en la cima del Huacayñán al ver volver a las guacamayas: que el mundo es inmenso, pero no está vacío; que lo que se va, a veces vuelve; y que basta una firma escrita en una cola para unir la cordillera, el trópico y el hielo.
En algún lugar del sur, ahora mismo, Cañari respira.

