Bolivia: manos que siembran para conservar los bofedales andinos

Ante la sequía, las temperaturas altas y el sobrepastoreo, comunidades indígenas aplican prácticas basadas en la naturaleza para mantener con vida los ecosistemas

Bolivia: manos que siembran para conservar los bofedales andinos
En el altiplano hay 120.000 hectáreas de bofedales a más de 3.300 metros sobre el nivel del mar.

Por Tania Frank

En Bolivia hay más de 120.000 hectáreas de bofedales situados a más de 3.300 metros sobre el nivel del mar. En las cumbres, el frío permite que el agua se mantenga en un ciclo de congelación y descongelación lenta que alimenta el humedal. Pero en los últimos años, están en riesgo de desaparecer.

Se trata de humedales de suelos hidromórficos, es decir, saturados de agua todo el año. Están cubiertos de plantas que crecen como alfombras gruesas con tallos y raíces apretadas y profundas, para resistir las heladas y la radiación solar extrema.

Se caracterizan, también, por la acumulación de turba —materia orgánica de plantas descompuesta lentamente por el frío extremo y la falta de oxígeno bajo la tierra—, convirtiéndose en un regulador hídrico natural para las comunidades, sustento para los camélidos y depósito natural de dióxido de carbono.

 Hoy, estos ecosistemas enfrentan dos amenazas. Claudio Velasco, coordinador del programa “Bofedal es Vida” del Instituto Interamericano de Cooperación para la agricultura (IICA), explica que una de las mayores amenazas está relacionada con los efectos del cambio climático, que provoca sequías más largas y severas.

“En el Altiplano las tasas de evapotranspiración son elevadísimas por la alta radiación solar y se acrecientan con el aumento de la temperatura media anual, una de las tendencias del cambio climático, y hay menos agua por lluvia, más grave aún, pues los nevados están perdiendo su masa glaciar”, sostiene.

 La otra amenaza es el sobrepastoreo asociado al exceso de ganado que pisotea y endurece el suelo, destruyendo la esponja natural del bofedal y su capacidad de retener el agua, explica Franklin Blanco, experto en camélidos de IICA.

Bofedal Carmen Pampa, municipio de Carmen Pampa, La Paz. Foto: Tania Frank.

Delia Berna, comunaria de Quetena Chico en Nor Lípez de Potosí, cuenta preocupada, mientras avanza lentamente entre los pastizales, cómo la productividad de la tierra y la vida de los bofedales se transformaron desde hace unos 10 años.

“Antes, en mayo, ya empezaba a caer la nevada y seguía en junio, julio, agosto e incluso hasta septiembre. Era hermoso porque el agua no se secaba; cuando los cerros se cubrían de nieve, el agua empezaba a bajar con fuerza. Pero ahora ya no cae; solo un poquito de las puntas de los cerros”.

 A 979 kilómetros de distancia, Daniel Huanca respalda lo dicho por Delia. Él cuenta que ha visto cómo el agua del bofedal que depende del nevado Huayna Potosí en Carmen Pampa La Paz, se ha ido reduciendo.

“Hemos tenido que trabajar con mi familia y buscar la forma de conectar las aguas del río que están en la parte baja y ver cómo subir el agua hasta el bofedal para no perderlo”, relata el comunario.  

Soluciones desde el territorio

“El agua es vida, si el agua se va, nosotros nos vamos con ella”. Bajo esa consigna, las comunidades indígenas pasaron de la preocupación a la acción, implementando soluciones basadas en la naturaleza en el marco del proyecto “Bofedal es Vida”.

Este plan restaura y protege estos ecosistemas al unir conocimiento de los expertos del IICA –que proporcionan datos, mediciones y herramientas– y saberes ancestrales, con prácticas que transforman la vulnerabilidad en resiliencia.

 Daniel y Delia guardan silencio por un momento cuando intentan imaginar un futuro sin bofedales. “Ni Dios lo permita. Sí o sí debemos tener bofedales”, enfatiza enérgicamente Delia mientras baja su mirada hacia el humedal.

Desde hace dos años trabaja con su comunidad en el laboratorio vivo del proyecto para observar e implementar prácticas como el retepeo, el sistema Lay Flat, sembrado de pasto, rotación de pastoreo y el manejo del agua para asegurar la vida en las alturas.

 Una práctica central de recuperación es el retepeo o trasplante de tepes (bloques de vegetación), que se aplica en los bofedales ubicados en la zona de los Lípez, uno de los sitios Ramsar de Bolivia.

La técnica consiste en identificar zonas de bofedal sano y cortar bloques cuadrados (de 20x20 y 15 centímetros de profundidad) para extraerlos y colocarlos en áreas dañadas, secas o con poca cobertura vegetal a fin de restaurar el suelo afectado.

Comunarios trabajan en el retepeo del bofedal Río Chilenas, Potosí. Foto: IICA.

“La regla es no extraer los tepes de un solo lugar para no dejar pelado el bofedal sano; se hace de forma intercalada”, explica Delia. Recuerda que son prácticas de sus antepasados que no requieren de tecnología ni maquinaria, solo de picos y palas.

Desde la comunidad vecina, Quetena Grande, Esteban Saire suma el sistema Lay Flat, para devolver el agua a un bofedal. Se trata de instalar y extender mangueras o tuberías flexibles sobre el bofedal para llevar agua desde una fuente (un río, una laguna o un arroyo) al área seca del humedal que está en proceso de degradación.

La idea es que el agua ingrese lentamente y rehidrate las plantas para que puedan germinar. Esteban detalla: “Es una práctica que hacemos en la comunidad, porque es económica, se puede armar y desarmar de acuerdo con la época”.

Comunarios trabajan con el sistema lay flat en el bofedal Chaquilla, Potosí. Foto: IICA.

Esta técnica se replicó en el bofedal Carmen Pampa, donde Daniel y comunarios de la zona recuperaron el humedal. “El bofedal se ha recuperado, el agua es limpia y podemos criar hasta trucha, pero estamos siempre pendientes, porque en el glaciar del Huayna Potosí hay poca nieve y el agua es poca”, advierte Daniel.

El es testigo de cómo sus vecinos emigran a otras zonas buscando nuevas fuentes de ingreso, porque criar camélidos ya no era un buen negocio. Dice que sus camélidos crecen grandes y fuertes. Las plantas de los bofedales son ricas en proteínas y los animales tienen buena salud, ganan peso y tienen mejor lana.

El clima es impredecible a más de 3.300 metros sobre el nivel del mar, puede haber sol radiante en el día y caer una helada en la noche, lo que hace imposible generar agricultura tradicional.

No obstante, las llamas, ovejas y alpacas pueden soportar temperaturas de hasta -20°C debido a que la fibra de los camélidos es hueca y funciona como un aislante térmico, características que no tiene ningún otro animal. Por eso, las familias se dedican a su crianza para generar economía; venden la fibra, la carne y el cuero.

Solución al sobrepastoreo

Los comunarios pueden llegar a tener rebaños de hasta 500 cabezas y eso genera el sobrepastoreo, que ocurre cuando hay más animales que comida disponible. La solución es el sembrado de pasto. En Corpaputo, municipio de Achacachi de La Paz, Lesme Sirpa ha comprendido la importancia de conservar los bofedales sanos.

“Antes no conocíamos su valor y no hacíamos ningún trabajo para conservar, porque hace 15 años había mucha agua y ahora hay poca agua y poco pasto”, dice.

Lesme Sirpa en su parcela de sembrado de pasto, Corpaputo, La Paz. Foto: Tania Frank.

Hace cuatro meses, Lesme y su vecino Ramiro Condori empezaron a sembrar cuatro variedades de semillas nativas. Se trata del pasto llorón, festuca alta, rye grass y pasto ovillo, destinados para alimento de sus llamas. 

Sembrar en diferentes áreas favorece a los comunarios para alternar las zonas de pastoreo y evitar que el bofedal sufra por el exceso de ganado. En la comunidad hay 25 familias aplicando esta práctica.

 Con los bofedales vivos se está garantizando el consumo de agua. Cada camélido necesita consumir 1.6 litros de agua por cada kilogramo de consumo de materia seca, lo que representa un consumo promedio de 3.2 litros de agua al día.

Aunque todos los bofedales son como esponjas de agua, no son iguales. El lugar donde se ubican define cómo se comportan y qué necesitan para recuperarse. Asimismo, las plantas que crecen en un bofedal de montaña son distintas a las que crecen en los bofedales de los llanos.

En la comunidad de Lamar Pata, en el municipio de Pampa Aullagas en Oruro, las comunidades colindantes con el bofedal Laca Jawira están aplicando la práctica de las medias lunas —semicírculo—, que atrapan el agua en terrenos pendientes y secos para que se infiltre y fertilice el suelo.

Comunarios construyen medias lunas en Ramadilla, Oruro. Foto: IICA.

Rubén Guarayo, técnico de IICA, explica que dentro de la media luna el viento pega menos y hay más humedad, convirtiéndose en un lugar perfecto para sembrar pasto. Actúan como barrera frente a los fuertes vientos que arrastran arena, evitando que ésta se acumule en los bordes de los bofedales.

Ecosistemas que almacenan carbono

La Organización Meteorológica Mundial publicó en enero de 2026 que 2025 fue uno de los años más cálidos, y frente a este escenario los bofedales son aliados para la mitigación y adaptación al cambio climático, porque guardan carbono bajo la tierra durante siglos o mientras tengan vida.

 Las plantas nativas (cojines verdes) tienen una extraordinaria capacidad fotosintética que les permite capturar carbono de la atmósfera y enviarlo a sus raíces. “Mientras las plantas están vivas y el bofedal mantiene su humedad guarda el CO₂ tapado bajo la tierra, pero si la cobertura se seca y el nivel de agua baja, la olla se destapa, provocando que el carbono almacenado durante años se libere masivamente a la atmósfera. Por eso, es vital que lo bofedales estén vivos”, dice Claudio Velasco.

Rodney Chimner y John Hribljan han estudiado estos ecosistemas y su relación con la retención de carbono. Por ejemplo, en una investigación publicada en 2015 detectaron que almacenan alrededor de 1.040 toneladas de carbono por hectárea en las turberas que alcanzan hasta 7 metros de profundidad.

Actualmente, el Instituto de Investigación y Desarrollo de Procesos Químicos de la Universidad Mayor de San Andrés, estudia la salud de los bofedales. La ingeniera ambiental Melani Ajata explica que se busca conocer cómo respiran los bofedales, midiendo cuánto CO₂  retienen de la atmósfera.

Réplica de un territorio a otro

Desde 2023 el proyecto ha monitoreado 18 bofedales altoandinos, en un área que abarca cerca de 2.872 hectáreas, donde por primera vez se investiga la salud de los ecosistemas, desde la cobertura vegetal hasta la humedad del suelo; hasta 2028 se espera tener datos y cifras de la recuperación ecológica.

 La intervención a corto plazo ha favorecido, según los comunarios, el crecimiento de la planta Distichia muscoides, conocida localmente como Khachi. Junto a ella reapareció también la Oxychloe andina y plantago rígida, que crece de forma compacta para capturar el agua, manteniéndose verde y nutritiva todo el año y evitando así la degradación de los humedales.

Además, el trabajo conjunto ha logrado capacitar a 1.476 comunarios, de los cuales 626 son mujeres y 850 varones desplegados en 8 municipios estratégicos del altiplano boliviano: Batallas, Pucarani y Achacachi en La Paz; Belén de Andamarca, Santiago de Andamarca y Pampa Aullagas en Oruro, y San Pablo de Lípez junto a San Antonio de Esmoruco en Potosí. 

Comunarios se capacitan sobre siembra de pasto, comunidad Lamar Pata. Foto: Tania Frank.

El despliegue territorial ha facilitado a los técnicos del proyecto recolectar datos para tener una radiografía de los humedales. Claudio Velasco explica la importancia de la “incidencia basada en evidencia”, en referencia al Atlas de los Bofedales y Sistemas Productivos de Camélidos, desarrollado por IICA. 

El informe responde varias preguntas: ¿Dónde se encuentran y cuánta superficie ocupan?, ¿Qué especies de plantas tienen? Las respuestas pueden ayudar a los tomadores de decisiones a implementar políticas públicas de conservación.

 Adaptarse al territorio

 Velasco explica que el proyecto fue el resultado de un trabajo de campo previo, pero que a medida que se aplicaba fue necesario ir adaptándolo. Un elemento que no se incorporó en la fase inicial fue el de gobernanza para ir trabajando en alianza con municipios, comunidades y productores.

Claudio Velasco con comunarios de Río Chilenas, en una práctica de retepeo. Foto: IICA.

Otros factores tuvieron relación con la ubicación de bofedales en propiedad privada y no comunal, a lo que se sumó la situación socioeconómica de las comunidades -hay familiares que sólo priorizan actividades económicas- vinculadas a su trabajo diario.

 Si bien el proyecto no enfrentó dificultades técnicas, sí tuvo que adaptarse y lidiar con factores sociales organizativos para el compromiso comunitario, obligando a flexibilizar cronogramas, adecuar tiempos con planificación participativa para el involucramiento y compromiso comunitario.

 El objetivo de “Bofedal es vida” es reducir la vulnerabilidad de estos ecosistemas con gobernanza territorial, planificación participativa y continuidad de las prácticas aprendidas. De esa manera esperan asegurar la vida de los bofedales y, con ello, la sostenibilidad de los medios de vida en el altiplano boliviano.

Este artículo fue producido con el apoyo de Climate Tracker América Latina y Oak Foundation