A 20 años de la gran erupción del volcán Tungurahua
A 20 años de los acontecimientos de 2006, el volcán registra actividad muy baja. Conozca su historia, monitoreo, las lecciones y el encuentro conmemorativo.
El volcán Tungurahua cumple 20 años de uno de los episodios más intensos de su reciente historia eruptiva.
En 2006, el coloso produjo dos grandes erupciones explosivas (julio y agosto), sobre todo la acontecida el 16 de agosto, acompañadas por flujos piroclásticos que descendieron principalmente por los flancos occidental y suroccidental.
La actividad generó además una caída de ceniza de alcance regional que llegó incluso hasta Guayaquil. Las quebradas de Juive, Cusúa, Mandur, Bilbao, Achupashal y Paliltagua estuvieron entre las zonas afectadas por los flujos piroclásticos durante esos episodios.
Aquellos eventos ocurrieron durante un período eruptivo, que había comenzado en 1999 y que se mantuvo durante casi 17 años, hasta febrero de 2016. El comportamiento del volcán afectó principalmente a las provincias de Tungurahua y Chimborazo.

Un volcán de 5.020 metros
El Tungurahua es un estratovolcán andesítico compuesto, ubicado en la Cordillera Real. Se encuentra a 120 km al sur de Quito, 33 km al sureste de Ambato y aproximadamente ocho km al norte de Baños de Agua Santa.
El volcán tiene una altura de 5.020 metros sobre el nivel del mar y un diámetro basal de 16 kilómetros. Estudios citados por el Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional (IG-EPN) identifican tres edificios volcánicos sucesivos: Tungurahua I, II y III, correspondiente al edificio actual.
Los dos edificios anteriores experimentaron colapsos sectoriales cuyos depósitos de avalancha se encuentran en los valles de los ríos Chambo y Patate.
La actividad del actual Tungurahua III habría comenzado con la emisión del gran flujo de lava de Las Juntas, hace aproximadamente 2.300 años.
Los registros indican que desde alrededor del año 1300, el Tungurahua ha producido erupciones con flujos piroclásticos, caída de ceniza, flujos de lava y lahares, al menos una vez por siglo.
Las primeras señales comenzaron en 1998
Aunque el período eruptivo comenzó formalmente en 1999, las primeras señales de que algo estaba cambiando en el Tungurahua fueron detectadas desde 1998.
De acuerdo con la Ing. Fernanda Naranjo, analista de Vigilancia Sísmica y Volcánica del IG-EPN, desde septiembre y octubre de ese año los pocos instrumentos disponibles en los alrededores comenzaron a registrar actividad sísmica anómala.
En ese momento, la vigilancia volcánica todavía representaba un desafío. La infraestructura instrumental era limitada y no existía aún la perspectiva institucional que posteriormente se desarrollaría alrededor del Tungurahua.
La experiencia también obligó a comprender que los volcanes tienen procesos diferentes a los sismos. Mientras un terremoto puede producirse en segundos, la actividad volcánica puede evolucionar durante meses, años e incluso décadas, antes de alcanzar un episodio de mayor energía.
La primera explosión de 1999 hizo visible para la población un proceso que hasta entonces se había observado principalmente a través de los instrumentos. La ceniza, las explosiones y la incertidumbre sobre cuánto duraría la actividad llevaron a las autoridades a disponer evacuaciones de las poblaciones cercanas.
Para Fernanda Naranjo, aquel fue también el comienzo de un largo aprendizaje sobre cómo responder ante un volcán que no se comportaba como un evento puntual, sino como un proceso eruptivo prolongado.
17 años de aprendizaje
Entre 1999 y 2006, el Tungurahua presentó una actividad relativamente moderada, con explosiones, emisiones de gases y ceniza, y períodos de mayor o menor intensidad.
La población comenzó a familiarizarse con el comportamiento del volcán. Los habitantes aprendieron a reconocer las señales, proteger a sus animales y adaptar algunas de sus actividades agrícolas a la presencia recurrente de ceniza.
La experiencia también permitió observar que la ceniza no tenía siempre las mismas características. Los habitantes distinguían cambios en su color y composición y, con el tiempo, algunos identificaron efectos diferentes sobre sus cultivos.
Naranjo considera que esta relación cotidiana con el volcán es parte de una historia de adaptación. El Tungurahua podía generar daños y pérdidas, pero también modificaba las condiciones del suelo y, en ciertos casos, podía favorecer determinadas cosechas.
Sin embargo, el comportamiento relativamente conocido que se había desarrollado durante los primeros años cambió en 2006.
Agosto de 2006: cuando el volcán mostró su capacidad destructiva
Los episodios de mayor energía llegaron en julio y agosto de 2006. Las erupciones de ese período fueron las primeras del ciclo en producir grandes flujos piroclásticos.
El 16 de agosto ocurrió uno de los episodios más importantes de todo el período eruptivo. La actividad aumentó de manera significativa y se produjeron flujos piroclásticos que descendieron por los flancos del volcán.
A diferencia de una explosión puntual, los flujos piroclásticos están relacionados con una salida mucho mayor y más continua de material. Se desplazan a gran velocidad, a altas temperaturas y pueden arrastrar y sepultar todo lo que encuentran a su paso.
Uno de los sectores más afectados fue la quebrada noroccidental, donde los depósitos llegaron a alcanzar varios metros de espesor. La vía hacia Baños quedó afectada y algunos equipos de vigilancia resultaron enterrados, quemados o arrastrados por el flujo.
El impacto permitió dimensionar de manera concreta el poder destructivo del Tungurahua. Las fotografías de los depósitos y de la infraestructura afectada se convirtieron posteriormente en algunos de los registros más representativos de aquella erupción.
Para quienes trabajaban en la vigilancia, el episodio también confirmó la importancia de haber desarrollado una relación estrecha con las comunidades. Las alertas permitieron que buena parte de la población evacuara antes de que los flujos alcanzaran las zonas habitadas.
El número de víctimas fue muy reducido en relación con la magnitud del fenómeno. Algunas personas, pese a las evacuaciones, decidieron regresar a sus viviendas o permanecer en la zona.

La vigilancia se convirtió en una red
La experiencia del Tungurahua transformó la forma de vigilar un volcán en Ecuador.
Durante los años de actividad se fue fortaleciendo una red instrumental que llegó a incluir estaciones sísmicas, equipos GPS, cámaras de vigilancia, sensores de infrasonido, dispositivos para detectar cambios en los drenajes y posibles lahares.
En el período de mayor actividad, el Tungurahua llegó a ser uno de los volcanes más vigilados del país. Se instalaron decenas de estaciones sísmicas, cámaras y equipos especializados, que permitían observar fenómenos que no siempre eran perceptibles para la población.
La información no se concentraba únicamente en Quito. Durante varios años funcionó en la parroquia de Guadalupe un Observatorio de Vigilancia del Tungurahua (OVT), que permitía seguir en tiempo real los datos provenientes del volcán y mantener personal técnico cerca de las comunidades.
Para Fernanda Naranjo, este sistema permitió pasar de una vigilancia basada en pocos instrumentos a una red mucho más completa, capaz de combinar distintos parámetros para interpretar la evolución de la actividad.
Los vigías: el otro lado del monitoreo
Uno de los mayores aprendizajes del proceso fue que los instrumentos científicos no eran suficientes por sí solos.
La red de vigías se convirtió en un componente fundamental de la vigilancia del Tungurahua. Inicialmente estuvo integrada por un número reducido de voluntarios y radioaficionados que ayudaban a transmitir información desde las comunidades.
Con el tiempo, la red llegó a contar con alrededor de 40 personas, principalmente líderes comunitarios que observaban el volcán desde distintos sectores y mantenían comunicación permanente con los técnicos.
Su trabajo permitía confirmar desde el territorio lo que los instrumentos registraban. Si una estación mostraba una señal determinada, los vigías podían informar qué estaba ocurriendo en un sector específico: si había caída de ceniza, explosiones, ruidos, cambios en la actividad o algún fenómeno en los drenajes.
Pero su importancia fue más allá de la recopilación de datos. La relación entre los técnicos y los vigías permitió construir confianza y fortalecer la capacidad de las comunidades para tomar decisiones.
Naranjo considera que este tejido comunitario fue uno de los mayores éxitos de la experiencia del Tungurahua.
La población dejó de ser únicamente receptora de órdenes de evacuación y pasó a tener un papel activo en la gestión del riesgo.
La experiencia de 2006 y la colaboración científica
La actividad del Tungurahua permitió desarrollar y probar diferentes técnicas de vigilancia volcánica y generó una importante colaboración científica internacional.
Investigadores y estudiantes de países como Japón, España, Alemania, Estados Unidos, México, Colombia e Italia, participaron en estudios relacionados con la evolución del volcán.
El Tungurahua se convirtió así en un espacio de aprendizaje para científicos de distintas partes del mundo. Las experiencias desarrolladas en Ecuador contribuyeron posteriormente a fortalecer métodos de vigilancia y protocolos aplicados en otros volcanes.
La experiencia también permitió comprobar el valor de combinar diferentes fuentes de información: sismicidad, deformación, gases, infrasonido, observación visual, imágenes térmicas y reportes de las comunidades.
En 2014, por ejemplo, durante otro episodio de actividad, las cámaras térmicas permitieron observar cómo avanzaban los flujos piroclásticos cuando la visibilidad del volcán se perdía debido a la ceniza.
La última erupción ocurrió en 2016
El último episodio eruptivo del Tungurahua ocurrió en febrero de 2016. La actividad se caracterizó por flujos piroclásticos restringidos a la parte alta del edificio y columnas de ceniza.
El 26 de febrero de ese año, una explosión alcanzó aproximadamente cinco kilómetros sobre el nivel del cráter y presentó un alto contenido de ceniza.
Los vigías reportaron caída de material en sectores como Juive Chico, Choglontus, El Manzano y Cahuají, además de localidades del cantón Penipe, en Chimborazo.
En marzo se registraron nuevas explosiones. Un informe del Instituto Geofísico reportó bloques incandescentes que descendieron hasta 1.200 metros por debajo del nivel del cráter, además de emisiones de gases y ceniza.
La actividad también estuvo acompañada por lluvias e incremento de caudales en las quebradas de Juive, Pondoa y Mandur. Las instituciones de gestión de riesgos realizaron recorridos y coordinaron acciones preventivas en las zonas consideradas de riesgo.
La erupción de 2016 duró 19 días y produjo aproximadamente 1,5 millones de metros cúbicos de material volcánico. Por sus características fue clasificada con un índice de explosividad volcánica de 2.
Ese episodio puso fin al período eruptivo iniciado en 1999.

Del fin de la alerta a la actividad muy baja
En octubre de 2016 se mantenía una alerta amarilla en la zona de influencia del Tungurahua. Sin embargo, el comportamiento registrado posteriormente permitió modificar esa condición.
En diciembre de 2017, la Secretaría de Gestión de Riesgos dejó sin efecto la alerta amarilla. Entre los parámetros considerados estuvieron los niveles de dióxido de azufre, la deformación del volcán, las observaciones visuales, el monitoreo térmico y los sobrevuelos realizados alrededor del edificio volcánico.
En 2018, después de dos años de inactividad, el Tungurahua dejó de ser catalogado como “en erupción” y pasó a la categoría de volcán “activo”.
Actualmente, la actividad sísmica y superficial del Tungurahua es muy baja. El Instituto Geofísico señala que no existen emisiones de gas y que las observaciones recientes no muestran cambios significativos en la morfología del cráter.
Monitoreo del cráter en 2026
Entre el 16 y 17 de abril de 2026, técnicos del Instituto Geofísico y estudiantes de la Facultad de Geología realizaron trabajos de campo en el área del Tungurahua.
Los especialistas se desplazaron hasta el refugio “Garganta de Fuego”, al norte del volcán, para efectuar vigilancia morfológica y térmica mediante sobrevuelos con drones.
Los equipos utilizados cuentan con cámaras térmicas, visuales y multiespectrales.
Los resultados no evidenciaron modificaciones significativas respecto de campañas realizadas en noviembre de 2024 y noviembre de 2025.
En el monitoreo térmico, la temperatura máxima registrada en el fondo del cráter fue de 53°C. En noviembre de 2025 se había registrado un máximo de 60,3°C. De acuerdo con el Instituto Geofísico, los valores obtenidos se encuentran dentro de los rangos considerados típicos para el Tungurahua.
El informe técnico del 23 de febrero de 2026 señala que, de acuerdo con la evidencia disponible, no se anticipa una nueva reactivación del volcán en el corto o mediano plazo, entendido como meses a años.
Una experiencia que trascendió al Tungurahua
Para Fernanda Naranjo, uno de los principales resultados de los 17 años de actividad fue comprobar que la vigilancia volcánica no solo puede limitarse a instalar instrumentos alrededor de un volcán.
La experiencia mostró la necesidad de combinar ciencia, tecnología, comunicación, educación, gestión de riesgos y participación comunitaria.
También dejó tareas pendientes. La especialista señala que durante aquellos años se pudo haber documentado mejor el impacto de la actividad eruptiva en áreas como la salud, la agricultura, los suelos, la economía familiar y la salud psicológica de las comunidades.
La ceniza, por ejemplo, fue objeto de numerosos análisis científicos, pero quedaron menos registros sistemáticos sobre sus efectos a largo plazo en la salud de las personas, los cultivos y las condiciones de vida de las poblaciones expuestas.
El proceso también dejó una importante lección sobre adaptación y resiliencia. Algunas comunidades cambiaron sus cultivos, modificaron sus prácticas y aprendieron a convivir con la presencia recurrente de ceniza y explosiones.
La experiencia del Tungurahua posteriormente fue utilizada para fortalecer la preparación frente a otros volcanes. Incluso integrantes de las comunidades que habían vivido la crisis viajaron a otras zonas, para compartir sus experiencias con poblaciones que comenzaban a enfrentar procesos de actividad volcánica.

Baños, sede del encuentro por los 20 años
En este contexto, el Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional realizará un encuentro conmemorativo por los 20 años de la gran erupción de agosto de 2006.
La actividad se desarrollará el 13 de agosto de 2026, de 14:00 a 18:00, en el Teatro Santos Nicolás Fiallos Medrano, en Baños de Agua Santa.
El encuentro contempla intervenciones de técnicos del Instituto Geofísico para revisar el inicio, desarrollo y finalización del período eruptivo de 1999 a 2016.
También se abordarán los acontecimientos asociados con las erupciones, las experiencias acumuladas y los aprendizajes obtenidos durante esos años.
La jornada incluirá además un conversatorio abierto en el que vigías, representantes de las comunidades e instituciones participantes podrán compartir vivencias, recuerdos y reflexiones relacionadas con el proceso de convivencia con el volcán Tungurahua.
