En Ecuador hay 'demasiada agua, en el lugar equivocado'
El invierno llegó a la Costa cuatro meses antes, mientras la sequía avanza sobre las cuencas donde se genera la electricidad. El análisis de Alfredo Carrasco.
Guayaquil se inundó dos días seguidos la semana pasada. En la estación del aeropuerto, septiembre de 2026 es el más lluvioso de la serie, con el 90 % del acumulado caído en dos episodios. En La Concordia llovieron 140 milímetros en un día. La temporada lluviosa de la Costa empieza en enero: se adelantó cuatro meses.
En el mar, el índice diario de la región Niño 3.4 marcó a mediados de septiembre 3,1 grados sobre el promedio, por encima del pico diario de noviembre de 2015. Frente a nuestra costa, la franja más cercana estaba en 3,4 grados en agosto según la NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration), y el Inamhi ya reporta más de cuatro. El país está en alerta roja desde el 29 de agosto, y el máximo se espera entre octubre y enero.

El ciclo y la tendencia
El Niño es la fase cálida de una oscilación natural del Pacífico. Normalmente los alisios empujan el agua caliente hacia Asia y frente a nuestras costas aflora agua fría y rica en nutrientes, la corriente de Humboldt, que sostiene la pesca y la vida de Galápagos. Cuando esos vientos se debilitan, el agua caliente vuelve al este, el afloramiento se corta y el mar se calienta varios grados. Ocurre cada dos a siete años y el registro paleoclimático lo rastrea 15.000 años atrás. No lo causamos nosotros.
El cambio climático es otra cosa: una tendencia sostenida que sí causamos. No crea El Niño, pero cada evento ocurre sobre un océano más caliente. La imagen útil es la de una radio encendida siempre, cuyo volumen depende del estado medio del Pacífico. Durante milenios esa manija la movieron la órbita, el hielo y los volcanes; hoy la mueve el dióxido de carbono que emitimos.
Queda una pregunta incómoda: ¿y si esos tres grados fueran apenas el trópico entero recalentado? La NOAA la responde con el RONI (Índice Oceánico Relativo de Niño), que descuenta el calentamiento de fondo y mide cuánto más caliente está esa franja del Pacífico que el resto de los océanos tropicales. Es la vara del pronóstico oficial, y la mediana proyectada para octubre-diciembre, 2,67 grados, supera el umbral de 2,5 que define a los eventos históricos. Con ella, la NOAA da un 98 % de probabilidad de evento muy fuerte en ese trimestre y un 75 % de que resulte el más intenso desde 1950. Lo neutral vuelve a ser probable recién entre abril y junio de 2027.
El IPCC considera muy probable que las lluvias asociadas a El Niño se vuelvan más extremas hacia la segunda mitad del siglo; sobre si lo estamos volviendo más intenso, sus modelos no coinciden desde 2021.
La prueba más visible está en las montañas: entre 1985 y 2025 el Ecuador perdió el 38 % de su superficie glaciar, y el 19 % se fue en la última década, según MapBiomas. El Carihuairazo, que en 1956 tenía 33 hectáreas de hielo y en 2024 conservaba 1.200 metros cuadrados, dejó de tener glaciar entre ese año y 2025: el primero del país en extinguirse.

La amenaza no es la que parece
El reflejo popular asocia El Niño con la Costa bajo el agua, y esta vez acertó antes de tiempo. Pero la amenaza capaz de dejar al país a oscuras es la inversa. Mientras llueve en el Litoral, la Amazonía y el Austro entran en sequía, y allí están Coca Codo y el complejo Paute. El Inamhi anticipa esa doble cara: lluvias en la Costa y menos agua donde están las hidroeléctricas.
En 2025 la hidroelectricidad cubrió el 72,4 % de la generación eléctrica del país, según el Balance Energético Nacional, y esas dos cuencas producen cerca de dos tercios del total. El Niño no llena sus embalses: en 1991-92, 2009-10, 2015-16 y 2023-24 predominó el estiaje en el Austro, porque adelanta la estación seca oriental y la lluvia extrema cae donde casi no hay centrales.
El riesgo de fondo no es que falle una cuenca, sino que fallen las dos: comparten estación seca. En 2023-24 el sistema se salvó porque una compensó a la otra, por azar. Hoy hay menos margen: demanda récord de 5.274 megavatios en marzo, importación colombiana suspendida desde enero y la erosión del Coca a 3,6 kilómetros de la captación.
Y no es solo energía. En 1997-98, según la CEPAL, se dañaron 2.500 kilómetros de vías y 15.264 viviendas, con más de 29.000 evacuados. Esta vez la cuenta empezó en septiembre, con nueve ríos crecidos y alertas en veintitrés provincias.
Quinientos años de memoria perdida
El Niño no nace con los satélites. Antes de 1950 hay otras capas de evidencia: actas de cabildo, diezmos caídos, cartas a Sevilla; sedimentos de lagunas andinas; conchales y cordones de playa. Entre 1550 y 1900 las cronologías cuentan entre 49 y 59 años Niño. Lo que el siglo XVII llamó «calamidades» y el XVIII «injurias del tiempo» es el mismo fenómeno.
Esa historia deja lecciones opuestas. Zaña, en la costa norte del Perú, se inundó en 1578, siguió en el mismo sitio y en 1720 el agua la arrasó: ciento cuarenta y dos años después del aviso. En la Pampa de Mocan, en el valle de Chicama, los agricultores hicieron lo contrario durante dos mil años, encauzando las avenidas hacia sus campos hasta convertir la crecida en cosecha, aunque de aquel sistema hoy solo queda desierto estéril.
El Ecuador tiene su propia versión. En la cuenca baja del Guayas casi todas las casas se levantaban sobre pilotes y dejaban pasar la creciente por debajo; desaparecieron en nombre del progreso y las llanuras inundables se ocuparon a ras de suelo.
Prevenir cuesta menos, y aun así no lo hacemos
Las cifras del pasado están en dólares corrientes de años distintos y hay que manejarlas con cuidado. El evento de 1982-83 dejó daños estimados entre 640 millones, según la CEPAL, y 1.051 millones, según la CAF. El de 1997-98 costó 2.869 millones, con 286 muertos. Los apagones de 2024 costaron 1.916 millones.
Y el gasto llega tarde: la Oficina de la ONU para la Reducción del Riesgo de Desastres estimó en 2024 que en la región apenas el 6 % de los presupuestos de gestión de riesgo se destina a prevenir riesgos futuros, de modo que casi todo se ejecuta con la emergencia encima.
Lo que sí está en nuestras manos
Hay cosas que no sabemos y hay que decirlas: los pronósticos estacionales dan probabilidades por trimestre, no fechas por cantón, y el Inamhi advierte que no puede precisar dónde ocurrirán los episodios más severos.
Lo que sí puede hacerse es concreto. Averiguar si la casa o el barrio están en zona inundable o en ladera inestable: la pregunta tiene respuesta y casi nadie la hace. Armar un plan familiar. Pedir el plan de contingencia del cantón, que 143 municipios presentaron ante la Secretaría de Gestión de Riesgos y que existir en papel no garantiza. Y medir y avisar: en El Salvador, una red de campesinas con pluviómetros alertó por WhatsApp durante una tormenta y no murió nadie; aquí cualquiera puede sumarse a Volunclima, del CIIFEN (Centro Internacional para la Investigación del Fenómeno de El Niño).
A más largo plazo la agenda es prosaica: tratar la prevención como inversión, usar la información pública para decidir, dejar de depender de una sola vertiente andina y cumplir el ordenamiento territorial. Nada de eso se decide en una cumbre internacional, sino en un concejo municipal.
"El evento es natural. El desastre no lo es: lo construimos con dónde edificamos y con qué advertencia decidimos ignorar".
El evento es natural. El desastre no lo es: lo construimos con dónde edificamos y con qué advertencia decidimos ignorar. En el informe geológico que escribí en 1987 sobre los sismos del Reventador advertí que la cascada de San Rafael podía desaparecer; colapsó el 2 de febrero de 2020, treinta y tres años después. La advertencia estaba escrita y nadie la usó.
Alfredo Carrasco es consultor internacional en temas ambientales y sociales, analista y escritor. alercaval@proton.me

