Resiliencia, una de las lecciones del desastre de 2024 en Guápulo

“Memoria y comunidad en la gestión de riesgos climáticos en el barrio de Guápulo” trae importantes hallazgos. El estudio fue presentado por la USFQ.

Resiliencia, una de las lecciones del desastre de 2024 en Guápulo
Los autores del estudio trabajaron con vecinos y autoridades de Guápulo. Fotos: USFQ.

Por Álvaro Samaniego

La velocidad con la que avanzaron las llamas ese 24 de septiembre de 2024 paralizó a la ciudad y quitó el aliento a los quiteños.

Una nube de humo se posó sobre el norte de Quito, mientras el viento empujó las llamas de un árbol a otro, hasta amenazar las zonas pobladas. Al mismo tiempo se producían otros flagelos en la ciudad.

Probablemente el que involucró a tres barrios, al cerro Auqui y al Parque Metropolitano Norte haya sido el mayor en la historia de la zona urbana de la ciudad y, a la vez, aquel cuyas consecuencias mejor se han estudiado.

Quito: incendios provocados ponen al límite la sostenibilidad
En medio de la peor sequía en 60 años, las autoridades dicen que fuegos son intencionales.

El siniestro se inició por acción humana en el barrio de Guápulo, sector de la ciudad que luego, en 2025, sufrió los efectos de deslizamientos de tierra por el exceso de lluvias.

En los dos casos hay un factor predominante, que es la mayor intensidad y frecuencia de fenómenos naturales: sequías y lluvias. En 2024, Ecuador enfrentó la peor sequía en 60 años.

El Instituto de Estudios Avanzados en Desigualdades de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ) presentó su “Memoria y comunidad en la gestión de riesgos climáticos en el barrio de Guápulo”.

El estudio trae importantes hallazgos. Por ejemplo, la gestión del riesgo es inseparable de sus dimensiones sociales, un principio que tuvo fallas evidentes durante el incendio en Guápulo.

También se corroboró que hay una memoria territorial que orienta la acción colectiva. De hecho, un desastre se entiende como un momento de cohesión y aprendizaje.

Durante la interacción hubo charlas sobre el contexto de los incendios.

 La catástrofe pudo ser peor

 Como producto del incendio forestal de septiembre de 2024 y que logró ser controlado al día siguiente, hubo al menos 13 personas heridas y 71 atendidas por afectaciones secundarias.

En cuanto a la infraestructura residencial, 6 viviendas fueron totalmente destruidas y 7 más resultaron afectadas, en barrios colindantes como Bolaños y González Suárez.

Estos dos barrios son diferentes en cuanto a la capacidad económica de sus habitantes. La González Suárez es un barrio de clase social alta. Guápulo es mixta (media alta y media) y Bolaños es media baja.

El estudio concluye que “el impacto del incendio es socialmente diferenciado” y que “no todas las pérdidas pesan igual”.

En el caso de las familias con menos capacidad económica, cuando se pierden animales, herramientas o cultivos, el incendio compromete la reproducción material de la vida.

De hecho, el riesgo climático aparece así como un mecanismo de profundización de desigualdades preexistentes.

Además, hay desigualdades urbanas estructurales. Un caso claro es que la mayoría de hidrantes de Guápulo, durante el incendio, no funcionaban. No había accesos y ciertos servicios eran inexistentes.

En esta suma de factores, hay que incluir la ausencia de preparación previa frente a los incendios. En la zona se han producido flagelos con anterioridad.

Se reafirma en las conclusiones la necesidad de difusión de protocolos claros, simulacros, capacitaciones y orientaciones frente a las emergencias.

Un tema adicional que salió a la luz es que ciertos grupos de personas (personas mayores y migrantes) fueron invisibilizados y no estuvieron incluidos en las respuestas privadas y estatales.

Frente a una realidad de daño ambiental y paisajístico, riesgo de personas y bienes, ayuda mal focalizada y debilidades institucionales, existe una lista importante de revelaciones positivas.

Cientos de personas se unen a la reforestación en Quito
Los quiteños madrugaron para acudir a las mingas de siembra de plantas tras los incendios que devastaron a la ciudad.

Las lecciones positivas

El estudio, realizado por Cheryl Martens, Elisa Sevilla, Daniela Ziritt, Andrea Zambrano y María Belén Acuña, identificó más unión comunitaria y más conciencia preventiva tras el flagelo.

Asimismo, mejor organización vecinal, un aumento de la reflexión colectiva y de aprendizaje comunitario.

El documento resalta la memoria social como herramienta de adaptación y cohesión social, así como la necesidad de incorporar abordajes interseccionales que tengan en cuenta las vulnerabilidades.

Y añade el fortalecimiento institucional en prevención, mitigación y preparación, para concluir en la necesidad de dar más poder a los vínculos con las nuevas generaciones y vecinos en el barrio.

Resiliencia es la mejor manera de definirlo. Los fenómenos naturales que provocan desastres aumentarán. Así como la necesidad de una ciudadanía informada y solidaria.