Ecuador podría tener hasta 180.000 especies de hongos y apenas conocemos mil
Investigadores exploran su potencial para la conservación de ecosistemas, la agricultura sostenible, la biotecnología y la medicina. Quito será sede de un Congreso regional.
En un laboratorio universitario de Quito, entre placas de cultivo y muestras grandes y microscópicas, docentes y estudiantes investigan organismos que, aunque muchas veces pasan desapercibidos, sostienen buena parte de la vida en los ecosistemas.
Se trata de los hongos, protagonistas de una ciencia cada vez más relevante para enfrentar desafíos ambientales, alimentarios y sanitarios: la micología.
La micología es la rama de la biología dedicada al estudio científico de los hongos. En Ecuador, uno de los espacios donde esta disciplina empieza a cobrar fuerza es el Laboratorio de Micología Aplicada de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Central del Ecuador (UCE), que funciona de forma interdisciplinaria junto con la Facultad de Ingeniería Química.
Allí se investigan desde biomateriales basados en hongos, hasta su potencial en medicina, agricultura, conservación ambiental e incluso bioarquitectura.
Miguel Ángel Espín, biólogo de la UCE y secretario de la Asociación Latinoamericana de Micología (ALM), explica que el laboratorio trabaja analizando muestras para descubrir su potencial biotecnológico, comestible y médico.
Pero comprender a los hongos implica ir más allá de lo que normalmente vemos en un bosque o en un plato de comida.
“Muchas personas, cuando piensan en hongos, piensan en gastronomía. Pero su rol va mucho más allá, sobre todo en tiempos de cambio climático”, explica Stefan Alexander Brück, vicepresidente de la ALM y docente-investigador alemán de la Universidad Central, quien vive en Ecuador desde hace unos 14 años.
Según Brück, lo que la mayoría identifica como hongo es solo su “cuerpo fructífero”; es decir, la parte visible que emerge del suelo o de la madera. En realidad, el organismo principal es una red microscópica llamada micelio, similar a una telaraña, que se extiende por el suelo o dentro de otros organismos.
Ese entramado subterráneo cumple funciones clave en los ecosistemas.
Los hongos establecen relaciones simbióticas con las plantas. Mientras las raíces vegetales solo pueden absorber una parte del agua disponible, el micelio amplía esa capacidad y facilita la captación de agua y nutrientes.
A cambio, las plantas les proporcionan compuestos orgánicos. “Es un ejemplo de cómo los hongos son fundamentales para el funcionamiento de los ecosistemas y para la vida”, señala Brück.

Indicadores de la salud de un bosque
En países megadiversos como Ecuador, el estudio de los hongos apenas empieza a revelar su magnitud.
Espín señala que actualmente se han descrito cerca de 1.000 especies de hongos en el país, pero las estimaciones científicas proyectan que podrían existir entre 100.000 y 180.000 especies. En herbarios y fungarios nacionales ya se resguardan más de 6.000 especímenes.
“La riqueza de los hongos en el país recién está siendo estudiada”, afirma.
De hecho, en ecosistemas bien conservados es posible encontrar especies aún desconocidas para la ciencia. “Hay estudios que indican que, si uno va a un lugar conservado y recoge diez hongos, siete u ocho pueden ser especies nuevas”, explica el Biólogo.
Además de su diversidad, los hongos funcionan como indicadores de la salud ambiental.
Si en un bosque existe una gran variedad de hongos —de diferentes tamaños, formas y colores— es señal de que el ecosistema está equilibrado. En cambio, cuando la diversidad es baja, suele indicar que el entorno ha sido alterado.
Su papel ecológico también es fundamental, para mantener el ciclo de los nutrientes.
“Los hongos son los principales actores iniciales de la descomposición de la materia orgánica”, explica Brück.
Cuando hojas, ramas o árboles mueren y caen al suelo, son los hongos quienes comienzan el proceso de degradación, incluso en materiales duros como la madera. Gracias a ello, los nutrientes vuelven al suelo y pueden ser reutilizados por las plantas. “Si no hay hongos, no hay organismos que descompongan la materia”.

Aliados de la agricultura sostenible
El potencial de los hongos no se limita al ámbito natural. También podrían convertirse en aliados estratégicos de la agricultura sostenible.
Diversos estudios han demostrado que, cuando se conservan los ecosistemas y se integran con los sistemas agrícolas, los hongos pueden ayudar a fertilizar el suelo de manera natural y reducir la necesidad de fertilizantes químicos.
“Si se mantienen los ecosistemas y se aprovechan estos mecanismos naturales, incluso se podría evitar el uso de pesticidas”, explica Brück.
Esto tendría un impacto especialmente importante para pequeños agricultores, quienes muchas veces no cuentan con recursos para adquirir fertilizantes, pesticidas o fungicidas.
A ello se suma una ventaja adicional: la diversidad climática del país permite cosechar hongos varias veces al año.
“En Ecuador se pueden cosechar hasta cuatro veces al año, mientras que en Alemania solo una vez”, comenta el investigador.
En un contexto global donde el mercado de alimentos orgánicos sigue creciendo, los hongos también representan una oportunidad económica para el país.









Actualmente se han descrito cerca de 1.000 especies de hongos en el Ecuador, pero las estimaciones científicas proyectan que podrían existir entre 100.000 y 180.000 especies. Fotos: cortesía Laboratorio de Micología UCE
Nutrición, medicina y saberes ancestrales
Desde el punto de vista nutricional, los hongos también tienen características destacadas.
Según Brück, son ricos en aminoácidos esenciales, contienen altos niveles de proteína y, a diferencia de muchos productos animales, no presentan colesterol ni grasas saturadas.
“Desde un punto de vista nutricional, los hongos son espectaculares”, afirma.
Pero su valor no es solo alimenticio. En muchas comunidades indígenas amazónicas ecuatorianas, el conocimiento sobre hongos ha sido parte de su vida cotidiana durante siglos.
Espín señala que pueblos como los kichwa o los shuar consumen diversas especies, no solo como alimento sino también con fines medicinales.
Un ejemplo es el hongo conocido como Xylaria, popularmente llamado “dedos de muerto”, utilizado tradicionalmente para tratar dolores de oído o quemaduras.
“El aprovechamiento de los hongos también tiene fines culturales y forma parte de la cosmovisión de estos pueblos”, explica el docente alemán.
Para los investigadores, estos saberes ancestrales representan una fuente valiosa de conocimiento que puede dialogar con la ciencia moderna.
Un potencial aún subestimado
Pese a su diversidad, Ecuador enfrenta un desafío importante: la falta de investigación.
Espín advierte que muchos productores locales que cultivan hongos suelen importar cepas desde el extranjero, incluso comprándolas por internet. Esto explica por qué en el mercado predominan especies como el champiñón, el portobello o el hongo ostra.
“Tenemos miles de especies que podrían ser mejores que las que se traen del exterior”, afirma.
Entre las especies con potencial que actualmente se investigan está Bresadolia uda, un hongo gigante de la Amazonía que puede pesar hasta tres kilogramos y que las comunidades locales consumen solo en ocasiones especiales o rituales. Los estudios preliminares sugieren que podría tener propiedades antibacterianas.
Otro ejemplo es el género Ganoderma, ampliamente utilizado en Asia por sus propiedades medicinales y del cual existen especies propias en el Ecuador, con potencial para el desarrollo de suplementos o medicamentos.
Más allá de la alimentación o la medicina, los hongos también abren puertas a nuevas industrias. El micelio puede utilizarse para fabricar biomateriales, como bloques para construcción o alternativas al plástico, un campo que ya mueve millones de dólares en otros países.
Sin embargo, transformar un descubrimiento científico en un producto comercial requiere un largo proceso que incluye análisis, mejoras genéticas, escalamiento industrial y validación.
“Otros países invierten mucho dinero en este tipo de investigación. Cuando nosotros no lo hacemos, existe el riesgo de que se lleven muestras o organismos para estudiarlos en el exterior y el país pierda oportunidades”, advierte Brück.

Quito, epicentro de la micología regional
En este contexto, Ecuador se prepara para recibir uno de los eventos científicos más importantes de la región: el XII Congreso Latinoamericano de Micología.
El encuentro se realizará del 1 al 4 de septiembre de 2026, en la Biblioteca Nacional Eugenio Espejo, en Quito, y reunirá a cerca de 600 asistentes de más de 20 países.
El Congreso abordará temas como el descubrimiento y conservación de la diversidad fúngica, la micorremediación para descontaminar ambientes, el desarrollo de biomateriales y los avances en micología médica.
Además de promover el intercambio académico, el evento busca fortalecer redes de investigación internacionales y fomentar la participación de jóvenes científicos.
Para los especialistas, encuentros como este pueden contribuir a visibilizar un campo científico que, aunque poco conocido, podría ofrecer soluciones clave para el futuro del planeta.
En los bosques, en los suelos agrícolas e incluso en laboratorios universitarios, los hongos siguen tejiendo silenciosamente su red. Y en esa red —invisible para la mayoría— podría encontrarse parte de la respuesta a los desafíos ambientales y alimentarios del siglo XXI.
