El riesgo por los nanoplásticos es difícil de detectar, pero existe
Los microplásticos y sobre todo los nanoplásticos están en el límite de lo técnicamente detectable. Pero la contaminación crece y es grave en América Latina.
Si se pusieran todos los desechos plásticos generados en 2025 en una línea de botellas de un litro, se podría hacer un camino de ida y vuelta de la Tierra a la Luna más de 15 veces.
En términos totales, en el año que terminó el mundo generó 450 millones de toneladas. Con un fenómeno notable: aunque se recicla mucho más, también ha aumentado el consumo.
Según un estudio de Plastic Overshoot Day 2025, la generación de basura plástica por persona se ha incrementado en 9,7%.
ONU Medio Ambiente publicó que el 75% del total de la basura se convierte en residuos. Solamente la otra cuarta parte entra en procesos de procesamiento responsable.
De esos residuos, hasta 23 millones de toneladas se filtran a ríos, lagos y océanos cada año. Es como botar el contenido de 2.000 camiones por día, según cálculos de la ONU.
La humanidad ha superado el límite en el cual la capacidad para gestionar los plásticos es superada por la cantidad generada.
De lo planetario a lo invisible
Si se pasa de lo general a lo microscópico, es importante decir que recientes estudios (2024 y 2025) estiman que un solo litro de agua embotellada puede contener hasta 240.000 fragmentos de nanoplásticos.
Los nanoplásticos plantean problema diferente al del microplástico, como se observa en la siguiente tabla:
Desde hace pocos años, los fragmentos del plástico han sido un tema central, tanto por el volumen cuanto porque no había información del efecto dañino.
Fue inquietante el hallazgo de partículas en órganos como el cerebro, la placenta o los pulmones. Y, de igual manera, en la mayoría de seres vivos de la naturaleza.
Un reciente artículo del diario británico The Guardian advierte que parte de esa evidencia está siendo cuestionada por la propia comunidad científica.
La clave está, para ese medio de comunicación, en posibles fallas metodológicas y riesgos de contaminación durante los análisis de laboratorio.
La dificultad radica en que los microplásticos y, sobre todo, los nanoplásticos, están en el límite de lo técnicamente detectable.
Distinguir entre una partícula presente en el tejido y una introducida accidentalmente durante el proceso de muestreo o análisis es extremadamente complejo.
El debate no niega, sin embargo, la magnitud del problema de la contaminación plástica, cuya presencia en ecosistemas, alimentos y aire está sólidamente documentada.
Lo que plantea es una llamada de atención sobre la necesidad de mayor rigor científico antes de establecer vínculos definitivos con la salud humana.
Los nanoplásticos, por su tamaño extremadamente pequeño, se comportan de manera distinta a otros contaminantes conocidos.
Según evaluaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), pueden entrar al cuerpo por ingestión (alimentos y agua) e inhalación (aire y polvo).
Su escala nanométrica les permitiría atravesar barreras biológicas que normalmente filtran tejidos como la mucosa intestinal.
Potencialmente, los pulmones, lo que abre la posibilidad de que alcancen el torrente sanguíneo y se distribuyan a distintos órganos.
La preocupación principal es su interacción con tejidos y células. La OMS advierte que estas partículas pueden actuar como vehículos de otras sustancias: metales pesados o químicos tóxicos adheridos a su superficie.
Frente a esta incertidumbre, la posición de la OMS es clara: la falta de evidencia concluyente no equivale a ausencia de riesgo.
De lo visible a lo invisible
Durante décadas, el debate sobre la contaminación plástica se centró en los residuos visibles: bolsas flotando en el mar, botellas acumuladas en riberas y vertederos a cielo abierto.
A medida que estos plásticos se degradan por acción del sol, el agua y el roce mecánico, se fragmentan en partículas cada vez más pequeñas.
Estas partículas no desaparecen; por el contrario, se dispersan con facilidad en el aire, el agua y los suelos, se infiltran en los ecosistemas y en la cadena alimentaria global.
Los microplásticos pueden ser ingeridos por peces, aves y mamíferos. Actúan como vehículos de sustancias tóxicas y microorganismos.
Los nanoplásticos, aún más pequeños, representan un desafío mayor: estudios preliminares sugieren que podrían atravesar barreras biológicas, ingresar a células y generar efectos a nivel molecular.
En América Latina, el problema es muy grave. La región combina altos niveles de consumo de plásticos de un solo uso con sistemas de gestión de residuos insuficientes.
En Ecuador, esta situación es especialmente crítica debido a su geografía: ríos que conectan zonas urbanas con áreas rurales y costeras, una biodiversidad altamente vulnerable y una fuerte dependencia de ecosistemas marinos para pesca y turismo.
A eso se suman políticas gubernamentales débiles, la falta de una cultura de gestión de residuos y la desconexión de acciones estructurales.
Mientras los científicos llegan a conclusiones demostrables y sólidas, hay tiempo para hacer lo contrario de lo que se ha hecho hasta ahora con los residuos plásticos.

