La Estrategia de Educación Ambiental pone el foco en la economía circular

Ecuador oficializa la ENEA 2025-2030 con la economía circular inclusiva como eje educativo. No obstante, hay críticas a su real implementación.

La Estrategia de Educación Ambiental pone el foco en la economía circular
La conservación del patrimonio natural es uno de los ámbitos que se promueven en la Estrategia de Educación Ambiental. Foto: SMKN 1 Gantar / Unsplash

Reducir la contaminación, transformar los hábitos de consumo y fortalecer la corresponsabilidad socioambiental son algunos de los desafíos que Ecuador busca enfrentar con la Estrategia Nacional de Educación Ambiental (ENEA) 2025-2030.

El nuevo instrumento establece a la economía circular inclusiva como eje transversal en todos los niveles educativos y la posiciona como herramienta clave para mejorar la calidad ambiental y disminuir la presión sobre los recursos naturales.

La estrategia fue oficializada mediante el Acuerdo Ministerial Nro. MAE-MAE-2026-0008-AM, que fue publicado en el Registro Oficial Nro. 225, del 13 de febrero de 2026.

La ENEA se convierte así en el instrumento rector de la política pública de educación ambiental en Ecuador, con aplicación obligatoria para todas las instituciones del sector público y de carácter referencial para el sector privado, la academia y la sociedad civil. Sin embargo, hay críticas a su implementación.

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Un marco integral para fortalecer la cultura ambiental

El objetivo principal de la ENEA 2025-2030 es orientar y fortalecer la planificación e implementación de acciones de educación ambiental desde los sectores público y privado, así como desde la ciudadanía, con el propósito de promover la identidad ecológica, la corresponsabilidad socioambiental y el respeto a los derechos de la naturaleza.

El documento incorpora enfoques de igualdad e inclusión, desarrollo sostenible, participación ciudadana, territorialidad, intergeneracionalidad, género y derechos.

Además, articula sus acciones con el Plan Nacional de Desarrollo y con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

La estrategia abarca procesos en contextos de educación formal —como educación inicial, básica, bachillerato y educación superior— y no formal e informal, a través de talleres, campañas educomunicacionales y programas comunitarios.

Cuatro ámbitos prioritarios

La ENEA 2025-2030 estructura su intervención en cuatro ámbitos temáticos estratégicos:

·         Patrimonio Natural: conservación in situ y ex situ, así como uso sostenible de los recursos.

·         Calidad Ambiental: prevención, control y remediación de la contaminación, con énfasis en la transición hacia una economía circular.

·         Cambio Climático: mitigación y adaptación para reducir la vulnerabilidad del país.

·         Agua y Océano: impulso de una nueva cultura del agua y cultura oceánica, considerando que el territorio marino ecuatoriano es cuatro veces mayor que el terrestre.

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Gobernanza territorial: nacen los CLEA

Uno de los elementos más relevantes del Acuerdo Ministerial que da paso a la ENEA es la creación de los Consejos Locales de Educación Ambiental (CLEA), que se conformarán a nivel provincial.

Estos espacios de coordinación territorial estarán liderados por la Autoridad Ambiental Nacional, a través de sus unidades desconcentradas y el Parque Nacional Galápagos, e integrarán a Gobiernos Autónomos Descentralizados (GAD), juntas de agua, academia y organizaciones comunitarias.

Las unidades territoriales deberán conformar los CLEA, en un plazo máximo de 90 días desde la publicación del acuerdo. Es decir, hasta mediados de mayo de 2026.

Asimismo, cada unidad de la Autoridad Ambiental deberá designar un “punto focal de educación ambiental”, para coordinar y reportar las intervenciones.

En ese mismo plazo se emitirán los manuales para la evaluación de estrategias y formulación de proyectos de educación ambiental.

El énfasis más innovador de la ENEA es la incorporación de la economía circular inclusiva, como pilar estructural de la política educativa ambiental.

La estrategia la define como un modelo de desarrollo sostenible que busca mantener el valor de productos y materiales el mayor tiempo posible, minimizar la generación de residuos y reincorporar los recursos a los ciclos productivos, incluso al final de su vida útil.

El carácter “inclusivo” subraya la integración de actores sociales clave, especialmente los recicladores de base, con el fin de fortalecer una gestión eficiente de residuos que genere impacto económico y social.

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Educación como motor de la transición

Por mandato de la Ley Orgánica de Economía Circular Inclusiva, la educación en esta materia se convierte en herramienta clave para promover la revalorización de residuos y prevenir la generación de desechos.

La ENEA dispone que este enfoque sea transversal en todos los niveles de formación —escuelas, colegios y universidades—, así como en procesos no formales dirigidos a comunidades y empresas.

En el sector privado, se contempla la creación de incentivos y sellos ambientales para empresas que adopten modelos circulares, en coordinación con los Gobiernos Autónomos Descentralizados (GAD).

Las compañías que se adhieran voluntariamente podrán incorporar programas de educación ambiental, para orientar a sus consumidores hacia patrones de consumo responsables.

La estrategia también impulsa la preferencia ciudadana por productos vinculados a la bioeconomía y el biocomercio, fortaleciendo las cadenas de valor sostenibles.

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'Es muy difícil que se ponga en marcha la Estrategia'

Con más de dos décadas dedicado a la docencia universitaria y al estudio del manejo de residuos sólidos, José Solano Peláez ha seguido de cerca cómo las ciudades gestionan —o no gestionan— sus desehos sólidos.

Ingeniero químico, especialista en gestión sostenible de residuos y académico enfocado en la ecología política de la basura, analiza la nueva Estrategia Nacional de Educación Ambiental y, sobre todo, a responder una pregunta de fondo: ¿puede la educación cambiar realmente nuestra relación con los residuos y el consumo?

P. La Estrategia Nacional de Educación Ambiental pone el foco en la economía circular y en que se enseñe desde la escuela hasta la universidad. ¿Realmente la educación puede cambiar la forma en que consumimos y nos relacionamos con el ambiente?

R. En parte. Y subrayo eso: en parte.

Sí creo que la educación tiene un potencial enorme para transformar la manera en que consumimos y nos relacionamos con el ambiente. Pero hay un problema que no podemos ignorar: existe un divorcio entre lo que se enseña en el aula y lo que realmente ocurre en el territorio.

En una escuela se puede enseñar a clasificar residuos, hacer compostaje, trabajar en economía circular. Incluso se puede tener una dinámica interna muy ordenada. El quiebre ocurre cuando ese niño o joven llega a su casa, intenta replicar lo aprendido y se encuentra con que el sistema de recolección municipal no separa la basura.

Ahí se produce una frustración. El estudiante siente que lo que aprendió no tiene un impacto real. Si no existe esa “puesta en escena” en el territorio, si la ciudad no acompaña lo que la escuela enseña, los procesos de enseñanza-aprendizaje no se consolidan.

P. Muchas veces hablamos de cuidar el planeta, pero nuestros hábitos diarios no cambian. ¿Qué hace falta para que lo que se enseña en las aulas se convierta en prácticas reales en los hogares y comunidades?

R. Aquí también hay una desconexión, pero con la currícula. Muchas veces la educación ambiental se trabaja como algo aislado, sin mirar cuáles son las competencias que cada nivel educativo debe desarrollar.

Por ejemplo, en los primeros años lo que se busca es que los niños tengan conciencia de su entorno, que entiendan dónde están, que desarrollen ubicación témporo-espacial. Entonces, la educación ambiental debe responder a eso, no simplemente enseñarles a reciclar.

En los niveles intermedios, lo central es que aprendan a analizar. Entonces hay que plantearles problemas ambientales, que les permitan desarrollar pensamiento crítico.

Y en los últimos años, cuando están próximos a salir del colegio, lo que se espera es que puedan innovar y emprender. Allí sí tiene mucho sentido hablar de economía circular vinculada a proyectos productivos.

El error de muchos programas tradicionales es enseñar lo mismo a todos: clasificar, reciclar, compostar. Eso es importante, claro, pero si no está alineado con la etapa formativa, el aprendizaje no termina siendo significativo.

José Solano P. es Ingeniero Químico por la Universidad Católica de Cuenca. Especialista en Gestión Sostenible de Residuos Sólidos por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (Chile). Es Docente-Investigador de la Universidad Católica de Cuenca.

P. La Estrategia incluye a gobiernos locales, comunidades, recicladores y empresas. ¿Qué tan importante es que todos participen para que haya un verdadero cambio cultural? Y, sobre todo, ¿es posible?

R. Es fundamental que participen todos. Un cambio cultural no se decreta, se construye.

El problema es que, hasta ahora, no hemos visto una verdadera construcción colectiva. Se habla de trabajar con recicladores de base, con gobiernos locales, con comunidades, pero ¿se han sentado todos a conversar? ¿Se han identificado realmente las necesidades de cada actor, de los recicladores de base?

Además, el contexto político del país puede complicar la articulación entre el Gobierno central y los gobiernos locales; hay controversias con municipios. Si no hay armonía en esa relación, la implementación se vuelve difícil.

Sin espacios reales de diálogo —entre municipio, academia, recicladores, comunidad, empresas— es complicado que la estrategia pase del papel a la práctica.

P. ¿Qué señales nos indicarían en unos años que esta política no se quedó solo en el papel, sino que realmente logró transformar la cultura ambiental del país? ¿En cuánto tiempo podrían verse resultados?

R. El indicador más claro sería que disminuya la cantidad de residuos que llegan a los rellenos sanitarios. Ese es el dato duro. Si llega menos basura, algo está cambiando: o estamos generando menos o estamos recuperando más.

Otro indicador clave sería que los recicladores de base reporten una mayor recuperación de materiales. Eso mostraría que la separación en origen funciona y que la educación ambiental sí tuvo un efecto real.

En cuanto al tiempo, es relativo. Los niveles de consumo dependen también de factores económicos y sociales.

Pero si en los próximos años vemos una tendencia sostenida de reducción en la disposición final y un fortalecimiento real de la economía circular, entonces podremos decir que la estrategia logró algo más que buenas intenciones.